Violetta en primer plano

Bilbao. Palacio Euskalduna. 17 de octubre de 2026, 19:00 h. ABAO Bilbao Opera. 75.ª temporada. La traviata, de Giuseppe Verdi. Melodrama en tres actos. Libreto de Francesco Maria Piave, basado en La dama de las camelias, de Alexandre Dumas hijo.
Intérpretes: Jessica Pratt (Violetta Valéry), Javier Camarena (Alfredo Germont), Gabriele Viviani (Giorgio Germont), Marifé Nogales (Flora Bervoix), Josu Cabrero (Gastone), José Manuel Díaz (Barone Douphol), Fernando Latorre (Marchese d’Obigny), Gexan Etxabe (Dottor Grenvil), Olga Revuelta (Annina), Iñigo Fernández (Giuseppe) y Sabas Balanzategui (Un domestico y Un commissionario).
Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Francesco Ivan Ciampa. Coro de Ópera de Bilbao. Director del coro: Esteban Urzelai Eizagirre.
Dirección de escena: Mario Pontiggia. Escenografía: Francesco Zito y Antonella Conte. Iluminación: Bruno Ciulli. Vestuario: Francesco Zito. Coreografía: Luigia Frattaroli. Producción: Teatro Massimo de Palermo.
JUAN CARLOS MURILLO
ABAO inauguró su 75.ª temporada con una Traviata que tuvo en Jessica Pratt a la gran protagonista de la noche. Su Violetta sostuvo buena parte de la representación y encontró en Gabriele Viviani un interlocutor decisivo para dar profundidad al conflicto. En una obra donde la respetabilidad familiar invade la intimidad amorosa y el reconocimiento de una mujer llega a costa de su sacrificio, la relación entre ambos personajes resulta fundamental. Su encuentro en el segundo acto concentró las mayores virtudes de una función de apreciable nivel vocal, cuyo cuidado musical no siempre se tradujo en una intensidad teatral sostenida.
La producción de Mario Pontiggia, procedente del Teatro Massimo de Palermo, situó la acción en la Belle Époque y ofreció un marco reconocible y coherente para el desarrollo del drama. La atención se centró en los personajes, aunque sus movimientos y relaciones no siempre alcanzaron la naturalidad deseable. En una ópera donde buena parte de la acción transcurre mediante conversaciones, las dimensiones del escenario pudieron restar cercanía y fluidez a algunos intercambios, especialmente al comienzo. Hubo mayor continuidad en casa de Flora, con una partida de cartas bien desarrollada, mientras la habitación del último acto delimitó un espacio más recogido para Violetta. La disposición de la acción hacia la embocadura del escenario favoreció además la audición de las voces.
Desde el foso, Francesco Ivan Ciampa mostró una atención constante a los cantantes, con una Euskadiko Orkestra sensible a las dinámicas y particularmente delicada en los pasajes íntimos. El cuidado del preludio, la flexibilidad de las frases y el espacio concedido a los matices favorecieron el trabajo de los solistas. No faltaron brío en las escenas festivas ni transiciones bien resueltas, pero el reposo de otros pasajes y la atención a cada inflexión tendieron a debilitar el movimiento general. La reserva concierne, por tanto, a la continuidad entre los distintos estados de ánimo más que a una lentitud uniforme: la música acompañaba con delicadeza lo que sentían los personajes, aunque no siempre parecía conducirlos hacia su siguiente decisión.
Jessica Pratt afrontó las exigencias de Violetta con una presencia vocal constante y una maestría que permitió seguir sus distintas facetas. En la gran escena del primer acto, desde la reflexión de «È strano!» hasta la afirmación de libertad de «Sempre libera», la claridad del fraseo y la variedad de las dinámicas hicieron perceptibles las dudas y los cambios de pensamiento, junto a una resolución de las agilidades que mereció la aclamación del público. Su interpretación encontró continuidad en el segundo acto, tanto en la resistencia ante Germont como en la preparación de la despedida de Alfredo, donde el recogimiento del canto dio paso a una expansión de considerable intensidad.
El tercero mostró otra dimensión de ese trabajo. En «Addio del passato», el legato, los reguladores y la reducción del sonido hasta un hilo de voz expresivo construyeron una fragilidad que conservaba presencia en la sala. Esa vulnerabilidad convivió después con la rebelión ante la muerte y con la dulzura de la despedida. Pratt compuso una Violetta contenida, por momentos señorial, cuya elaboración vocal podía hacer más perceptible el control que el abandono emocional; una característica que no impidió alcanzar pasajes de verdadera emoción, especialmente cuando la relación con sus compañeros dio a sus recursos una intención dramática compartida.
Gabriele Viviani reunió con especial equilibrio los medios vocales y la caracterización de su personaje, con una voz plena y bien proyectada, claridad en la palabra y un fraseo sostenido sobre el fiato. Su Germont fue modificando la autoridad inicial a medida que comprendía la situación de Violetta, haciendo audible la contradicción de un hombre que se conmueve ante el sacrificio que ha exigido y sigue exigiendo. La escena con Pratt creció mediante la escucha mutua, desde la persuasión paterna hasta la ternura de «Piangi, piangi», y permitió que la aceptación de la renuncia adquiriera credibilidad. «Di Provenza» confirmó su capacidad para combinar firmeza y matiz, prolongada en una cabaletta de frase clara y sostenida desde su comienzo en pianísimo. La aceptación familiar que ofrece en el tercer acto, ya tardía, completó esa evolución hacia el reconocimiento del daño causado.
Javier Camarena aportó energía, proyección y un agudo brillante, cualidades celebradas por el público en su escena del segundo acto. Su Alfredo tuvo decisión en los arrebatos, aunque la menor consistencia del centro y un fraseo apoyado con frecuencia en las sílabas y en los ataques limitaron la expansión lírica de otros momentos. También en la relación escénica con Violetta se echó en falta algo más de soltura para dar cercanía al vínculo amoroso. El tercer acto introdujo, sin embargo, un matiz importante: el canto ganó en continuidad y sus respuestas alcanzaron mayor naturalidad y credibilidad. Una interpretación de indudable oficio que fue encontrando una expresión más flexible a medida que avanzaba la función.
Entre los coprimarios destacó la claridad y proyección de José Manuel Díaz como Barón, tanto en el diálogo con Violetta como en las réplicas durante la partida de cartas. Gexan Etxabe aportó un timbre grato y buena presencia vocal como doctor Grenvil, mientras Marifé Nogales compuso una Flora creíble y bien integrada en los intercambios escénicos. Josu Cabrero como Gastón y Fernando Latorre como Marqués resolvieron con eficacia sus cometidos. El Coro de Ópera de Bilbao, preparado por Esteban Urzelai, dio animación a los números festivos y tuvo una participación especialmente lograda en la reacción a la humillación de Violetta, cuando la diversión se transforma en rechazo de la conducta de Alfredo.
Una Traviata sostenida por sus voces, con Pratt como protagonista indiscutible y un Viviani que dio especial hondura al drama. La calidad de sus mejores momentos hacía esperar una mayor continuidad en la tensión del conjunto, que habría permitido alcanzar un resultado más pleno. Queda, aun así, una apertura de temporada de apreciable valor musical, con una Violetta capaz de hacerse escuchar en sus dudas, su resistencia y su vulnerabilidad. Allí donde los intérpretes consiguieron dar sentido compartido a la palabra y al canto, la representación devolvió cercanía humana a un drama que la familiaridad de sus melodías no debería hacer menos perturbador.








