Andrea Chénier, el difícil equilibrio del verismo

Bilbao, sábado 23 de mayo de 2026. Palacio Euskalduna. Andrea Chénier, drama histórico en cuatro cuadros con música de Umberto Giordano (1867-1948) y libreto en italiano de Luigi Illica, basado libremente en la vida del poeta francés André Chénier (1762-1794). Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 28 de marzo de 1896.
Michael Fabiano, Andrea Chénier. Saioa Hernández, Maddalena di Coigny. Juan Jesús Rodríguez, Carlo Gérard. Nancy Fabiola Herrera, La Contessa di Coigny / Madelon. Veta Pilipenko, La mulatta Bersi. Gabriel Alonso, Roucher. Jorge Rodríguez-Norton, L’abate / Un incredibile. Fernando Latorre, Il sanculotto Mathieu. José Manuel Díaz, Pietro Fléville / Fouquier Tinville. Gexan Etxabe, Il maestro di casa / Dumas / Schmidt.
Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Director musical, Guillermo García Calvo. Asistente del director musical, Kiko Moreno. Coro de Ópera de Bilbao. Director del coro, Esteban Urzelai. Coreografía, Sergio Fontán. Bailarines, Danel Ugalde, Julen Otero, Maider Mulone y Nerea González. Maestro repetidor, Manuel Navarro
Dirección de escena, Alfonso Romero. Escenografía, Ricardo Sánchez Cuerda. Iluminación, Félix Garma. Vestuario, Gabriela Salaverri. Asistente de vestuario, Sabina Atalanta González.
Producción, ABAO Bilbao Opera y Festival Castell de Peralada. 74ª temporada de ABAO Bilbao Ópera.
JUAN CARLOS MURILLO
La 74ª temporada de ABAO se clausuró en el Palacio Euskalduna con Andrea Chénier, la gran ópera verista de Umberto Giordano, en la producción firmada por Alfonso Romero Mora para ABAO y el Festival Castell de Peralada. Esta es una obra que exige no solo contundencia vocal y teatralidad inmediata, sino también continuidad narrativa, respiración interna y una progresión emocional capaz de convertir la intensidad en auténtica experiencia teatral. Precisamente en ese delicado equilibrio entre impulso y desarrollo escénico se situaron las principales virtudes y las limitaciones de una función de notable nivel musical, aunque irregular en su resultado global.
La producción contó con elementos importantes a su favor: una BOS muy sólida, un trío protagonista de evidente empaque vocal y varios momentos de considerable eficacia teatral. Sin embargo, el conjunto terminó funcionando con mayor convicción en episodios aislados y en los grandes momentos de exaltación emocional que en la construcción de un arco escénico plenamente orgánico y cohesionado.
La dirección musical de Guillermo García Calvo apostó por una lectura de tempi vivos, marcada tensión teatral y gran presencia orquestal. La BOS respondió con calidad: sonido pleno, afinación segura y una masa orquestal compacta y brillante a lo largo de toda la representación. Hubo empuje, teatralidad y un indudable e inmediato sentido de la acción. No obstante, esa opción tendió en ocasiones a una cierta uniformidad expresiva, con dinámicas menos claras y una presencia sonora constante, que dejó menos espacio para los matices.
En Andrea Chénier las transiciones resultan fundamentales: el paso entre lo íntimo y lo colectivo, entre la exaltación revolucionaria y el drama privado, entre el lirismo amoroso y la violencia histórica. Aquí, más que una falta de tensión, se echó de menos una mayor gradación en el desarrollo expresivo, una respiración más flexible que permitiera percibir con mayor claridad la evolución emocional de los personajes y del propio discurso musical. Con todo, la lectura mantuvo siempre el pulso teatral y sostuvo con firmeza los grandes clímax de la obra.
Michael Fabiano ofreció un Chénier de notable entrega y apreciable amplitud vocal, especialmente convincente en los momentos de mayor intensidad escénica, como la escena del juicio o los grandes estallidos heroicos del personaje. Su canto encontró plenitud en el registro central y mostró autoridad en las expansiones más vehementes de la partitura. Persistieron algunas irregularidades en la línea expresiva, con ciertos contrastes entre los momentos de mayor lirismo y los de pura proyección vocal, aunque el tenor estadounidense logró finalmente construir un protagonista creíble y comprometido.
Saioa Hernández afrontó el papel de Maddalena con el gran caudal vocal y la contundencia expresiva que exige el personaje. Su voz logró imponerse sobre la orquesta y encontró algunos de sus mejores momentos en las grandes expansiones líricas del rol. “La mamma morta”, muy celebrada por el público, concentró buena parte de la intensidad emocional de la velada, aunque en algunos pasajes el fraseo tendió a privilegiar la potencia y la rotundidad sobre el matiz y la sutileza expresiva. Aun así, la soprano madrileña sostuvo el personaje con entrega y autoridad vocal.
El más sólido del trío protagonista volvió a ser Juan Jesús Rodríguez como Carlo Gérard. Su interpretación reunió autoridad vocal, credibilidad escénica y solidez en la construcción del personaje. Desde un notable “Son sessant’anni” hasta un intenso “Nemico della patria”, el barítono onubense consiguió dotar de coherencia interna a la evolución de su personaje, integrando acento verdiano y tensión verista sin necesidad de subrayados excesivos. Incluso en una noche algo menos redonda de lo habitual en él, fue el cantante que con mayor naturalidad consiguió hacer avanzar escénicamente la función.
La mayor verdad expresiva de la representación se concentró, sin embargo, en los dos grandes dúos de los protagonistas. Tanto el encuentro del segundo acto, “È lui! Andrea Chénier!… Son io”, como, especialmente, el gran dúo final, “Vicino a te s’acqueta”, alcanzaron la organicidad, la entrega y la credibilidad escénica que la función había buscado durante gran parte de la noche. En esos momentos sí apareció la sensación de verdadero desarrollo emocional compartido, culminando en un potentísimo “Viva la morte insiem!”, final de enorme impacto teatral.
Nancy Fabiola Herrera interpretó con acierto y soltura a la frívola y clasista Condesa de Coigny y encarnó una emotiva Madelon en el tercer cuadro. Gabriel Alonso, por su parte, compuso un eficaz Roucher, mientras que Veta Pilipenko quedó absorbida por el entramado orquestal en su rol de la mulata Bersi, particularmente en su arioso “Temer? Perché?… Vivere in fretta”.
El cuarteto local formado por Jorge Rodríguez-Norton, Fernando Latorre, José Manuel Díaz y Gexan Etxabe realizó, una vez más, un estimable trabajo en su labor de articulación y apoyo del conjunto. Especialmente destacables resultaron Jorge Rodríguez-Norton, en su rol del Incredibile, y Fernando Latorre, que compuso un Mathieu lleno de carácter y expresividad. El coro ofreció asimismo una intervención sólida y comprometida en los grandes momentos colectivos de la obra.
Escénicamente, la producción mantiene imágenes eficaces —la escenografía en diagonal, un cuidado vestuario, la ambientación de los diferentes cuadros, la evocación del Terror— y una funcionalidad teatral indudable, sin llegar a dificultar la claridad narrativa de la acción, a pesar del movimiento de masas y una cierta saturación de elementos visuales.
El resultado final fue una Andrea Chénier de importante despliegue vocal y sonoro, sostenida por una orquesta de gran nivel y por un reparto de entidad, que resultó más convincente en sus momentos culminantes que en la construcción continua del relato. Hubo intensidad, entrega y pasajes de notable fuerza emocional, especialmente en los grandes dúos y en las escenas de mayor concentración lírica, aun cuando se echara de menos una respiración musical y escénica más matizada y orgánica, más verosímil en el desarrollo global de la función.








