ABAO: un siglo de ópera en cinco títulos, 2. ¿Quién puede decidir?

JUAN CARLOS MURILLO
Lo que merece ser contado
Pero no cambia solamente la música. También cambian las historias que estos compositores y sus libretistas consideran dignas de convertirse en teatro.
Rossini parte con Il barbiere de la comedia de Beaumarchais y de un mundo todavía atravesado por la confianza ilustrada en la inteligencia individual frente al privilegio y la arbitrariedad. Rosina quiere algo bastante elemental y al mismo tiempo extraordinariamente moderno: decidir por sí misma.
Roberto Devereux recoge una larga tradición teatral sobre Isabel I y el conde de Essex y la contempla desde la sensibilidad del drama romántico: deseo privado, deber y poder quedan atrapados en un conflicto del que difícilmente puede salir nadie indemne.
Con La traviata entramos ya en un mundo reconociblemente burgués. Dumas hijo había situado La dame aux camélias en esa frontera fascinante entre pasión romántica y observación social. Verdi y Piave llevan al escenario a una mujer cuya tragedia no necesita reyes ni leyes escritas: bastan la familia, el dinero, las apariencias y una sociedad que puede disfrutar de Violetta mientras permanezca en el lugar que le ha reservado.
Wagner parece romper el recorrido y, en realidad, quizá lo lleva a su formulación más radical. Die Walküre no adapta una obra concreta, sino que reelabora mitos y leyendas germánicos y nórdicos para construir un mundo en el que amor, poder, ley y libertad adquieren una dimensión casi fundacional. El propio Wotan, que ha construido su poder mediante pactos y leyes, descubre que tampoco él es libre dentro del orden que pretende conservar. Necesita aquello que su propio sistema hace imposible.
Y al final Puccini realiza una curiosa inversión histórica: vuelve a la Manon Lescaut del abate Prévost, escrita en 1731, y contempla aquella historia desde la sensibilidad teatral de finales del siglo XIX. Amor, deseo, dinero y aspiración social se entrelazan hasta resultar casi imposibles de separar.
No estamos ante una secuencia histórica perfecta. Tampoco necesitamos que lo sea. Pero quizá podamos reconocer en ella distintas maneras de situar al individuo frente al mundo que le ha tocado habitar.
¿Quién puede decidir?
Ahí aparece otro de los hilos del viaje.
Rosina puede burlar a Bartolo. La inteligencia, el deseo y la propia maquinaria de la comedia permiten todavía derrotar a la autoridad.
Elisabetta se encuentra en una situación bastante más incómoda: posee el poder y al mismo tiempo lo padece. Ser reina no le concede la libertad de ser simplemente una mujer que ama, desea, duda o siente celos.
Violetta se enfrenta a algo todavía más difícil de señalar con el dedo. Germont no inventa la norma que acabará sacrificándola: habla en nombre de todo un orden social. La autoridad ya no necesita presentarse como autoridad.
Y entonces llegamos a Wotan. El poderoso descubre que también él está atrapado. Ha creado las leyes y los pactos que sostienen su mundo y no puede quebrantarlos sin destruirlo. Brünnhilde, paradójicamente, desobedece su orden porque ha comprendido mejor que nadie su deseo más profundo.
Manon vive ya en un universo donde el poder parece haberse dispersado: dinero, deseo, posición social, placer, cuerpo. Decide, sin duda, pero las condiciones dentro de las cuales puede hacerlo van estrechándose hasta dejar muy poco espacio para escapar.
Burlar el poder, padecerlo, interiorizar sus normas, descubrir que incluso quien lo ejerce puede quedar prisionero de él, vivir finalmente dentro de un mundo en el que ya no necesita un rostro único. No hace falta convertir estas cinco óperas en la demostración de una teoría. Basta con ponerlas unas junto a otras y escuchar las preguntas que aparecen.
Y sus mujeres
Muchas de esas preguntas tienen nombre de mujer: Rosina, Violetta, Elisabetta, Sara, Sieglinde, Brünnhilde, Manon.
Son mujeres muy diferentes, concebidas por hombres del siglo XIX y empeñadas, una y otra vez, en amar, desear, decidir o escapar del lugar que otros han reservado para ellas. A muchas les saldrá caro.
Rosina juega con las reglas hasta conseguir salirse con la suya. Violetta paga por intentar abandonar el lugar social que le corresponde. Elisabetta posee una autoridad inmensa pero descubre sus límites cuando entra en conflicto con el deseo. Sieglinde quebranta una ley que la condenaba a una vida que no ha elegido; Brünnhilde desobedece; Manon intenta conciliar amor, libertad y deseo de otra vida.
¿Qué nos dicen hoy estas mujeres? ¿Qué conservan de verdadero y qué nos incomoda? ¿Hasta qué punto una puesta en escena contemporánea debe acercarlas a nosotros y hasta dónde debemos aceptar también la distancia histórica que nos separa de ellas?
No necesitamos responder antes de entrar en el teatro. Bastará con llevar las preguntas con nosotros.








