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Un huracán

En Cámara/Críticas Por
Denis Matsuev. Foto: Columbia Artists Management Inc.
Denis Matsuev. Foto: Columbia Artists Management Inc.

Deia: “Un huracán”

Asier Vallejo Ugarte

 

Sociedad Filarmónica de Bilbao, 21/IV/2016. Denis Matsuev, piano. Obras de Schumann, Chaikovski y Rachmaninov.

Nunca antes había tocado Denis Matsuev en la Filarmónica, por lo que una buena parte del público se asombraría ante su arrolladora energía, su implacable fuerza expresiva y su extraordinario poderío técnico, valores en los que se deja sentir el peso de la inagotable tradición rusa. Pero compositores como Schumann no buscaban tanto asombrar como descubrir la emoción de vivencias íntimas, poéticas, profundas, de forma que los dedos exterminadores de Matsuev pudieron sonar demasiado vigorosos en las Escenas de niños, miniaturas que expresan sentimientos puros de afectividad. “Las disfrutarás, aunque tendrás que olvidar que eres una virtuosa”, escribió Schumann a Clara refiriéndose a ellas, reconociendo que el virtuosismo no había de ser un elemento inherente a su interpretación. Sí lo es en la Kreisleriana, donde la técnica cobra un papel completamente determinante, aunque en ella la música debe su verdadera grandeza tanto al universo de la fantasía (espacio natural de quienes buscan lo absoluto en el mundo de lo cotidiano) como al de la pasión, a ese “amor auténtico” del que hablaba Schumann en sus cartas a Clara mientras la componía. Matsuev ofreció un espectáculo descomunal, pero tanto ardor pudo acabar por abrasar a una música que pedía continuamente aire, delicadeza y siquiera una pieza de ternura.

Con Chaikovski el recital tomó un nuevo rumbo y en su Dumka op. 59, una de las obras pianísticas con más entidad de su catálogo, el vigor se hizo trascendente, manteniendo esa cualidad en un Rachmaninov (dos preludios y Segunda sonata) que brilló al máximo por el esplendor de sus acentos, de sus armonías y de sus melodías a todo fuego. Se podrá tocar de otra forma, pero en Rachmaninov las tensiones sí se pueden extremar a placer, él mismo lo hacía y además le encantaba. Como después a Horowitz.

En el piano de Matsuev están ambos invocados, aunque compararlo con ellos implicaría una responsabilidad demasiado grande, pues por ahora le basta con deslumbrar, con fascinar, con impresionar a ese numeroso público que siempre se ha dejado llevar por los encantos de los virtuosos auténticos.

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