
Bilbao, viernes 19 de junio de 2026. Teatro Arriaga. Estreno de Shostakovich 14, versión de la Sinfonía n.º 14 de Dmitri Shostakovich bajo la dirección escénica de Calixto Bieito.
Bilbao Orkestra Sinfonikoa (BOS). Dirección musical: Alejo Pérez. Voces solistas: Annette Dasch, Leigh Melrose.
Diseño de escenografía: Barbora Horáková Joly. Diseño de iluminación: Michael Bauer.
Diseño de vestuario: Oscar Armendariz. Ayudante de dirección: Juana Lor. Figuración: Leioa Kantika Korala.
Producción del Teatro Arriaga.
JUAN CARLOS MURILLO
Hay espectáculos de los que uno sale con la sensación de haber asistido a una gran representación. Y hay otros de los que sale, además, con preguntas que persisten mucho después del último aplauso. La versión escénica de la Sinfonía n.º 14 de Dmitri Shostakovich presentada en el Teatro Arriaga bajo la dirección escénica de Calixto Bieito pertenece claramente a esta segunda categoría.
La impresión inmediata fue inequívoca: durante poco más de una hora el espectáculo mantuvo una intensidad poco habitual. La sucesión de imágenes, la entrega física de los intérpretes y la absoluta implicación dramática del conjunto construyeron una experiencia teatral absorbente. Uno sale pensando, casi con sorpresa, que se lo ha pasado extraordinariamente bien asistiendo a una obra cuyo eje es, precisamente, la muerte.
Y, sin embargo, conforme esa primera impresión va sedimentando, aparecen inevitablemente algunas reservas. No tanto sobre la calidad de la propuesta —indiscutible en su coherencia— como sobre la naturaleza misma de la operación artística que plantea.
Porque la pregunta que deja abierta esta producción no es si funciona teatralmente. Funciona. La cuestión es otra: ¿hasta qué punto la teatralización amplifica el universo de Shostakovich o, por el contrario, desplaza el centro de gravedad de una obra concebida para que fuera la propia música la que sostuviera el peso de la reflexión?
La Sinfonía n.º 14 no es una sinfonía convencional. Tampoco una ópera. Ni siquiera un ciclo de canciones en sentido estricto. Es una sucesión de once poemas sobre la muerte, la violencia y la dignidad humana, donde la palabra cantada y la austeridad de la escritura para cuerdas y percusión construyen un espacio de enorme concentración expresiva. La ausencia de cualquier desarrollo sinfónico tradicional obliga al oyente a permanecer permanentemente atento al texto, a la inflexión vocal y al extraordinario trabajo tímbrico de la orquesta.
Precisamente por ello, convertir esa abstracción musical en acción escénica implica asumir un riesgo considerable.
Bieito evita cualquier tentación ilustrativa y construye un universo simbólico de notable fuerza visual. No pretende explicar los poemas ni traducirlos literalmente, sino situarlos en un espacio reconocible donde la violencia, el duelo, la memoria y la fragilidad del ser humano adquieren una dimensión contemporánea. Su propuesta rehúye la referencia política concreta para proyectar el discurso de Shostakovich hacia una reflexión mucho más amplia sobre la condición humana. La muerte deja de pertenecer a un régimen o a una época determinada para convertirse en una presencia constante que atraviesa cualquier sociedad.
La propuesta escénica, austera pero enormemente flexible, favorece una sucesión de imágenes que mantienen la tensión dramática casi sin fisuras. Como sucede en buena parte del teatro de Bieito, no son tanto los elementos escenográficos como el trabajo físico de los intérpretes lo que sostiene el discurso. El cuerpo termina convirtiéndose en una prolongación de la propia música.
En ese contexto, la dirección musical de Alejo Pérez encuentra un importante equilibrio entre precisión estructural e intensidad expresiva. La escritura para cuerdas aparece desnuda, incisiva, casi cortante, mientras la percusión actúa como un verdadero agente dramático. Pérez evita cualquier exceso retórico y permite que la partitura respire con una transparencia que hace aún más perturbadora su aparente sencillez.
También el trabajo de los dos solistas resulta determinante. Annette Dasch confirma que esta no es una obra para el lucimiento vocal entendido en términos convencionales. Su interpretación destaca por la inteligencia del fraseo, la claridad de la palabra y una capacidad constante para convertir cada poema en una experiencia dramática distinta. Más que cantar personajes, construye estados emocionales.
A su lado, Leigh Melrose ofrece una verdadera encarnación de su papel en la obra. Su autoridad escénica, la riqueza de matices de la declamación y una presencia casi magnética hacen de su intervención uno de los grandes pilares del espectáculo. La voz se impone por su densidad expresiva y su capacidad narrativa.
Y, sin embargo, precisamente cuando la producción alcanza ese grado de excelencia reaparece la duda inicial.
La música de Shostakovich posee una capacidad extraordinaria para generar imágenes interiores. Su austeridad, sus silencios, la desnudez de la escritura y la ausencia de cualquier sentimentalismo obligan al oyente a construir su propia experiencia de la muerte. La escena, por definición, es concreta. El teatro ofrece cuerpos, acciones e imágenes allí donde la música dejaba un espacio abierto para la imaginación.
No se trata de afirmar que una opción sea superior a la otra. Son experiencias distintas. Pero la transformación no resulta neutra. Quizá esa sea, precisamente, la mayor virtud de esta producción: obligarnos a formular esa pregunta.
Bieito no sustituye el pensamiento de Shostakovich por el suyo; dialoga con él. A veces ambas voces parecen fundirse de forma natural; en otras ocasiones, el espectador puede sentir que la potencia visual de la escena desplaza parcialmente la concentración casi ascética que la partitura reclama. Esa tensión nunca termina de resolverse y probablemente tampoco deba hacerlo.
Porque la grandeza del espectáculo no reside únicamente en la excelencia de su realización artística, sino en su capacidad para mantener abierto ese interrogante.
Al abandonar el teatro permanece la sensación de haber asistido a una propuesta escénica de enorme nivel, profundamente honesta y extraordinariamente comprometida. Pero también la intuición de que la Sinfonía n.º 14 sigue guardando, en su forma original, un territorio de misterio que quizá ninguna escenificación pueda llegar a sustituir por completo.
Y es precisamente esa contradicción —la de disfrutar intensamente de la experiencia teatral mientras uno sigue preguntándose por el precio artístico de convertir una sinfonía en teatro— la que convierte esta producción en una de esas propuestas que continúan creciendo mucho después de que caiga el telón.






