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Sokolov: la pureza de la poesía

En Cámara/Críticas Por
Grigory Sokolov; Foto: Mary Slepkova para Deutsche Grammophon

Nora Franco Madariaga/

Bilbao, 16/02/2017. Sociedad Filarmónica. Concierto XV de la Temporada 2016-2017, concierto MMM. Grigory Sokolov, piano. Sonata en do mayor K545 de W.A. Mozart, Fantasía y Sonata en do menor K475/457 de W. A. Mozart, Sonata nº27 en mi menor, op.90 de L. van Beethoven y Sonata nº32 en do menor, op.111 de L. van Beethoven.

Grigory Sokolov está considerado uno de los mejores pianistas en activo. Y no es una exageración, ni siquiera una forma de hablar. Asistir en directo a uno de sus conciertos, y sobre todo hacerlo en una sala tan íntima y de la calidad acústica de la Filarmónica, es asistir a un concierto único, ser consciente de que, lo que tiene la música de efímero, Sokolov lo lleva al extremo de forma que nunca esas obras volverán a sonar como en ese preciso instante, ni siquiera de nuevo en sus propias manos. Porque cuando una interpretación trasciende espacio, tiempo y cualquier otra dimensión conocida o desconocida, automáticamente se transforma en arte.

La primera parte del concierto estaba dedicada a Mozart, comenzando con la conocidísima sonata K545 en do mayor que, sin embargo, en sus manos pareció nueva. Naïf, casi infantil, delicada y cristalina como una cajita de música, la interpretación de esta pieza atrapó completamente la atención del público como si se tratase de una especie de encantamiento. La articulación limpia, leve, clara, sencilla, sin apenas tocar el pedal resonador, sorprendía por su derroche de musicalidad, de colores; la sutileza de unas dinámicas que no pasaban del mezzoforte abrumaba por un rango tan amplio de matices que no se pueden enumerar, y un diminuto adorno de vez en cuando rompiendo la pureza y la sencillez de líneas no hacía sino poner de manifiesto la limpieza del corte clásico.

La Fantasía y la Sonata K475/457, por el contrario, hacían pensar inmediatamente en un Mozart más maduro, tal vez más atormentado, a pesar de que la primera obra del programa está compuesta años más tarde. Eso es debido al temperamento del do menor, de ímpetu heroico pero con un inconfundible tinte trágico que impregna ambas composiciones. La fantasía se balancea entre la desgarradora desnudez y la vertiginosa zozobra de espíritu, pasando por breves instantes de optimismo para caer de nuevo en la persistente melancolía. Los tempi de Sokolov fluyen de uno a otro con una naturalidad, una línea integradora, una visión global que da sentido a todo, transformando cada transición en pura poesía. La técnica llega a tal punto de detalle y transparencia que se diría que toca directamente con la mente y no con las manos. La sonata nos devuelve el reposo pero sin perder el aire nostálgico. Mozart utiliza algunas armonías verdaderamente arriesgadas para una sonata tan clásica, que el ruso destaca a la perfección con el color exacto. Como un pintor, cada nota, cada pincelada tiene el color justo, la textura idónea para conformar el conjunto: no es algo que va improvisando mientras toca, sino que va construyendo, va dejando salir algo que ya estaba ahí, inmaterial pero vivo. La coherencia entre movimientos es igualmente notable, hasta tal punto que el cambio casi pasa desapercibido. No es el movimiento o el tempo, sino el carácter, el que cambia, desgranándose en la medida precisa bajo el férreo control del intérprete.

La segunda parte del concierto nos ofreció otras dos sonatas, pero esta vez de Beethoven. Tiene este compositor otra fuerza de carácter completamente distinta, un genio más volcánico, efervescente, que se hace notar desde la primera nota y que Sokolov supo transmitir con una pulsación mucho más potente, una articulación menos cristalina y un mayor uso del pedal, pero tan ajustado y dosificado que no entorpecía en absoluto la limpieza de líneas. La Sonata nº27 tiene, gracias al mi menor, una vitalidad que no tenía el do menor, pero sin la luminosidad del modo mayor esta viveza queda diluida en el carácter turbulento de Beethoven, que suena en manos del pianista mucho más carnoso y oscuro que Mozart, con una paleta de colores completamente distinta y unas texturas más densas, expresión de un lenguaje que ha cambiado y que lucha por escapar de la rectitud de unas estructuras clasicistas que se resquebrajan por momentos. Enlazando una sonata con otra como si fueran una única pieza, Sokolov vuelve con la Sonata nº32 al do menor, tonalidad en la que parece sentirse especialmente cómodo y sobre la que gira este concierto. Pero las armonías y modulaciones de Beethoven son más vehementes, a pesar de estar absolutamente contenidas. El maestoso del segundo movimiento es un verdadero ejercicio de austeridad y autocontrol, tanto del compositor como del pianista, que ha sabido leer más allá de la partitura. El allegro con brio ed appasionato llega de forma natural como liberación y desbordamiento hasta que él mismo encuentra su cauce y su medida para fluir sin sobresaltos pero con bravura hacia la arietta final en la que, llegando un paso más allá de la expresividad, Sokolov la esculpe y le da vida.

Los conciertos de Grigory Sokolov son experiencias artísticas más intensas que la propia música, así que me tendrán que perdonar si no les hablo de las nada menos que seis propinas con las que obsequió al público: sólo pude dejarme llevar por la poesía de sus intepretaciones.

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