OSE: el maridaje de la cuerda

En Sinfónico/Críticas Por
Enrico Dindo; Foto: Giorgio Vergnano
Enrico Dindo. Foto: Giorgio Vergnano

Nora Franco Madariaga/

 

Bilbao, 09/11/2016. Auditorio del Palacio Euskalduna. Segundo concierto de la Temporada de Abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi. Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis de R. Vaughan Williams, Concierto para violoncello y orquesta nº1 de D. Shostakovich, Agartha de X. Otaolea e In the South (Alassio) de E. Elgar.

Enrico Dindo – Violoncello; Orquesta Sinfónica de Euskadi; Dirección – Ari Rasilainen.

En estos tiempos en los que la gastronomía se ha convertido en la última moda, con múltiples formatos televisivos, secciones en semanales, ferias, famosas guías en las que hay que figurar para ser alguien y, sobre todo, mucha innovación, si hablo de esas comidas de numerosos platos en las que todos y cada uno de ellos giran alrededor de un producto estrella, bien sea un vino, un queso premiado o una fruta de temporada, seguro que no les suena desconocido. Pues bien, la Orquesta de Euskadi nos ofreció una cena de cuatro platos cuyo ingrediente principal alrededor del cual se construyó toda la velada era la cuerda.

Cuatro obras muy distintas entre sí pero con un factor común, la cuerda, que además es, sin duda, el punto fuerte de esta orquesta. Cuatro obras llenas de carácter y matices que Ari Rasilainen, con gesto elegante, flexible y fluido, casi líquido, supo conducir en su justo tempo si dejar nada a la improvisación.

Fue el inglés Vaughan Williams el elegido para abrir boca con su breve pero bien conocida Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis. A partir de una melodía simple y pastoril del compositor del siglo XVI Th. Tallis, Vaughan Williams juega con la escritura modal, los intervalos de cuarta y el color de las voces intermedias (violas y cellos) para crear una suerte de antífona con claros aromas renacentistas. Sacando provecho de los numerosos colores de la cuerda, combina estos registros como si de un órgano se tratase de modo que cada voz de este coral se escuche como un elemento individual dentro de la polifonía. Un juego delicado y muy elaborado que la orquesta resolvió con maestría.

El plato principal consistió en el concierto para violoncello y orquesta de Dmitri Shostakovich que, aunque lleno de articulaciones, acentos y dinámicas efectistas, daba perfecta continuidad a la obra anterior ya que, tras los motivos obsesivos y el ritmo implacable del primer movimiento, el moderato del segundo nos devuelve a los fraseos largos y bien dibujados de violas y cellos y a las armonías modales. Impecable el trabajo de Dindo en una obra que, no lo olvidemos, estaba escrita para Rostropovich. El agotador allegretto inicial contrasta con el lamentoso segundo movimiento que desemboca en una cadencia llena de expresividad y virtuosismo. Un cuarto movimiento vertiginoso pone fin a una obra en la que el solista italiano dejó claro que sigue dominándola, como tantas veces ha demostrado.

Pero la gran sorpresa de la velada fue Agartha, del joven compositor bilbaíno Xabier Otaolea. En su elogiable apuesta por la música actual, la OSE presentaba su tercer estreno de la temporada, el segundo estreno absoluto que, lejos de ser una obra menor al inicio del concierto recibida por el público con frialdad y desgana como un trago obligado antes de que empiece “lo bueno” (como es habitual), se reveló como una pieza clave, perfectamente integrada dentro de este “menú” que nos ofrecía la orquesta. Con un aire de música incidental, la obra de Otaolea respira una clara influencia oriental de autores como Takemitsu. Buen empeño el de Rasilainen, que ha entendido a la perfección la obra del compositor vasco y la ha hecho suya, aportando claridad a una pieza compleja que, a pesar de lo intrincado de su estructura, envuelve al oyente con facilidad dentro de su mundo sonoro, fabulosamente acogido por el público. Agartha es una de esas obras que te dejan con ganas de más, así que habrá que esperar que lleguen pronto otras novedades de este prometedor compositor.

Y para terminar, In the South muestra al Elgar más postromántico, con ese aire de salón de baile centroeuropeo salpicado de aromas mediterráneos y orientales que, pese a su exotismo, no ocultan el sabor absolutamente británico de esa mezcla de bucólica campiña y solemnidad que caracterizan la música inglesa. De nuevo una orquestación compacta en la que unos buenos metales no hacen sino acentuar el protagonismo de la cuerda. Un buen final para una degustación que deja muy buen sabor de boca.

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