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Lucrezia Borgia: una ópera al servicio de la voz

En Críticas/Ópera Por
Celso Albelo. Foto: © E.Moreno Esquibel / ABAO-OLBE
Celso Albelo. Foto: © E.Moreno Esquibel / ABAO-OLBE

Nora Franco Madariaga/

 

Bilbao, 28/10/2016. Euskalduna Jauregia. 65 Temporada de Ópera de ABAO-OLBE. Lucrezia Borgia de Gaetano Donizetti. Libreto de Felice Romani basado en Lucrèce Borgia de Victor Hugo. Estreno: Teatro alla Scala de Milán, 1833.

Donna Lucrezia Borgia – Elena Mosuc; Gennaro – Celso Albelo; Don Alfonso d’Este – Marko Mimica; Maffio Orsini – Teresa Iervolino; Rustighello – Mikeldi Atxalandabaso; Don Apostolo Gazela – José Manuel Díaz; Ascanio Petrucci – Zoltan Nagy; Oloferno Vitellozzo – Manuel de Diego; Gubetta Belverana – Fernando Latorre; Astolfo y Coppiere – Germán Olvera; Jeppo Liverotto – Jesús Álvarez; Un sirviente – Sergio López de Davalillo; Voz interna – Javier Campo; Euskadiko Orkestra Sinfonikoa; Coro de Ópera de Bilbao; Dirección musical – José Miguel Pérez Sierra; Dirección de escena – Francesco Belloto; Escenografía – Angelo Sala; Vestuario – Cristina Aceti; Iluminación – Fabio Rossi; Coreografía – Martín Ruis; Dirección de coro – Boris Dujin; Dirección de banda interna – Itziar Barredo; Maestro repetidor – Miguel N’Dong; Producción – Coproducción Torino, Bergamo y Sassari.

La apasionante vida de los Borgia da para mucho, nos ciñamos o no a lo estrictamente histórico. Mucho se ha recogido, conjeturado y fabulado sobre los miembros de esta notable familia tanto en literatura como en cine y televisión. Y Lucrezia, envuelta en esa leyenda de incesto, celos, venganza, amor y muerte, es un personaje tan atractivo que bien merecía tener su propia ópera. Lástima que el libreto, con todas las intrigas que sugería, no estuviese un poco mejor desarrollado pero, con la censura de por medio, bastante jugo le sacó Felice Romani a la historia de Victor Hugo. En cualquier caso, es de tal hermosura la música que nos ofrece Donizetti en cada aria que, por mucho que flojee el argumento, no hay nada que lamentar.

Y si Donizetti supo dotar de belleza al canto, igualmente ha sabido entenderlo y transmitirlo Pérez Sierra –como ya ha demostrado en otras ocasiones– sujetando a la orquesta en el tempo hasta casi detenerla para dejar que los cantantes disfruten y nos hagan disfrutar del mejor bel canto. Tal vez, siendo rigurosos, la musicalidad del acompañamiento orquestal se resienta un poco, pero Pérez Sierra sabe hasta dónde sacrificar una orquestación que no va más allá de un mero sostén armónico para ceder el paso a coloraturas impecables, trinos deliciosos, delicadas cadencias y todo lo que uno pudiera pedir al bel canto. Una dirección sobria y muy inteligente que, lejos de aspavientos y protagonismos, le otorga la atención al auténtico centro de la velada: la voz.

Algo parecido debió de pensar Angelo Sala al diseñar la escenografía en la que cinco columnas cuadradas, formando una diagonal que atraviesa el escenario, son vestidas de muros, tapices y vanos para cambiar las distintas escenas demostrando, una vez más, que lo poco es suficiente. Se agradece enormemente, además, que al estar la escena más adelantada y cerrada, las voces no se pierden, como ha pasado en otras ocasiones. El vestuario, rico en texturas y de estudiado colorido, junto a una iluminación adecuada, no han hecho sino contribuir a un conjunto escenográfico muy acertado.

Igualmente acertada la Orquesta Sinfónica de Esukadi que, siguiendo el gesto pausado pero preciso de Pérez Sierra, supo diluirse a favor de los cantantes sin mermar por ello su calidad sonora. Especialmente cálidos los vientos, que aportaron color y estabilidad en los tiempos más lentos. En la misma línea actuaron los hombres del Coro de Ópera, bien empastados, sólidos y enérgicos. Las mujeres, en su breve intervención, añadieron color y redondez a un coro que convenció.

Asimismo, los papeles secundarios interpretados por José Manuel Díaz, Zoltan Nagy, Manuel de Diego, Fernando Latorre, Germán Olvero y Jesús Álvarez, fueron puestos en escena con frescura y profesionalidad a partes iguales. Muy notable el trabajo tanto vocal como actoral de todos ellos. Mención especial merece la actuación de Mikeldi Atxalandabaso en el rol de Rustighello, que destaca con una voz timbrada, fácil y potente que sin duda merece un papel de más relevancia en un futuro.

(Sigue bajo la foto)

Elena Mosuc y Marko Mimica. Foto: © E. Moreno Esquibel / ABAO-OLBE
Elena Mosuc y Marko Mimica. Foto: © E. Moreno Esquibel / ABAO-OLBE

Teresa Iervolino, por su parte, encarna uno de esos personajes travestidos que a veces tan difíciles son de encajar. Lo hizo, sin embargo, con soltura y elegancia, aprovechando una voz de color ambiguo en el registro grave que dotó de autenticidad al papel de Maffio Orsini. Muy apropiada también la voz de Marko Mimica que, acorde con su físico, sonaba grande y oscura. De agradable timbre y agudo vibrante, en algún momento se opacaba un poco y no se proyectaba con la intensidad esperada, si bien estos pequeños desajustes fueron desapareciendo a lo largo de la ópera dejando muy buen sabor de boca.

Pero la noche fue, sin ninguna duda, de la pareja protagonista: Elena Mosuc y Celso Albelo. Brillantes en sus respectivas actuaciones, difícil destacar uno sobre otro. Mosuc, en su rol de Lucrezia, desbordó belcantismo con fraseos infinitos, filados delicadísimos, complicadas y agotadoras coloraturas, nítidos sobreagudos y cuidada emisión. Albelo, en el papel de Gennaro, pese a un registro central algo nasal, conquistó con exquisitos pianísimos, larguísimos legatos llenos de emoción, una estudiada declamación y grandes dosis de pasión. A él le dedicó el público su más rendida ovación tras el aria T’amo qual s’ama un angelo. Impecables también ambos en su faceta teatral bajo la dirección escénica de Francesco Belloto, que se vio algo ensombrecida por unas brevísimas coreografías que no encontraban razón de ser.

La azarosa vida de Lucrezia Borgia, en efecto, bien merecía una ópera.

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