BOS: Crítica de Asier Vallejo al primero de temporada

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Joaquín Achúcarro. Foto: © Enrique Moreno Esquibel
Joaquín Achúcarro.
Foto: © Enrique Moreno Esquibel

DEIA: “Joaquín y las Noches”

Asier Vallejo Ugarte

 

Palacio Euskalduna. 09-10-2015. Temporada de la BOS. Joaquín Achúcarro, piano. Sinfónica de Bilbao. Director: Erik Nielsen. Obras de Stravinsky, Falla y Chaikovski.

Se llenó el Euskalduna para escuchar el concierto inaugural de la temporada de la BOS, que tenía unos cuantos alicientes, entre ellos la presencia de Joaquín Achúcarro en las Noches en los jardines de España (1916), de Falla. Pese a la abrumadora lista de grandes pianistas que la han abordado (desde Arthur Rubinstein hasta Clara Haskil, desde Daniel Barenboim hasta Martha Argerich), el nombre de Achúcarro será sin duda de los que queden asociados para siempre a esta fabulosa obra fallesca, lo mismo que el de Alicia de Larrocha, que la tocó con la Sinfónica en este mismo escenario hace ahora quince temporadas, cuando tenía 77 años. Achúcarro va camino de los 83, que son muchos para un pianista, y por eso sus dedos no responden con la precisión, la exactitud y la seguridad de otros tiempos, pero sí mantiene viva la capacidad de penetrar en la esencia andalucista de la obra, de dotar de vigor y de acentos genuinos a las danzas, de imprimir fantasía, personalidad y nobleza expresiva a la música. Nielsen, un tanto áspero en los primeros compases, dejó respirar a la orquesta, tuvo a bien clarificar las texturas y supo llevar la partitura por la senda del color y la suntuosidad sonora, mostrando la formidable dualidad de una obra en la que las raíces españolas y francesas se interrelacionan con asombrosa naturalidad.

Para su estreno como titular de la BOS, el maestro estadounidense había escogido una pieza de juventud de Stravinsky, el Scherzo fantastique (1908), que adelanta chispas de la genialidad patente en los ballets compuestos para Sergei Diaghilev. Minucioso y detallista, pero sin ceder en nervio y en ímpetu, obtuvo de la orquesta una respuesta brillante que conectó directamente con el sinfonismo ardiente, exuberante y torrencial de la Quinta (1888), de Chaikovski, sobre la que el compositor vertió toda su extraordinaria capacidad inventiva y su consumado dominio de las formas clásicas, amén de un ferviente aliento romántico. Él mismo la aborreció durante un tiempo, entre otras cosas porque la consideraba inferior a la Cuarta y no soportaba la idea de haber retrocedido, pero el paso de los años ha obrado en su favor y hoy día se cuenta entre las sinfonías de cualquier época con más presencia en nuestras salas de conciertos. Nielsen aunó grandeza y transparencia en una interpretación marcada no tanto por la urgencia dramática como por el lirismo, el refinamiento tímbrico y el sesgo pesimista de un Andante cantabile que en sus manos, merced a un primer trompa soberbio y a una cuerda de sonoridad plena, se convirtió en el auténtico núcleo expresivo y estructural de la enorme partitura.

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