BOS: crítica de Asier Vallejo al programa con Gabriela Montero

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Gabriela Montero, pianista. Foto: © Sheila Rock
Gabriela Montero, pianista. Foto: © Sheila Rock

Deia: “Ravel a toda luz”

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 13-II-2015. Temporada de la BOS. Gabriela Montero, piano. Sinfónica de Bilbao. Director: Ramón Tebar. Obras de Saint-Saëns, Ravel y Albéniz/Frühbeck

Luz y color para el concierto de carnaval de la BOS, que se abrió con la voluptuosa y exuberante bacanal de Samson et Dalila (1877) de Saint-Saëns, servida un poco fría para lo que de ella se suele esperar. Pero el plato fuerte de la velada era el Concierto en sol (1932) de Ravel, una obra ligera y luminosa que ha sabido reinventarse al compás de los tiempos marcados por sus grandes intérpretes de siempre. Gabriela Montero, artista de sangre caliente e improvisadora asombrosa (lo demostró en la propina), puede ser una de ellas. En sus dedos las viejas brumas y las formas tenues del pasado desaparecen completamente en favor de un toque rotundo y percutiente, de una claridad en la que a la estela de los grandes virtuosos se une la de los pianistas diáfanos. Nada tiene que ver este Ravel actual con aquel mucho más nuboso de Marguerite Long, que estrenaba la obra en París y solo unos meses después, en enero de 1933, venia a la Sociedad Filarmónica a tocarla con Arámbarri y la Sinfónica. Es fundamental escuchar sus grabaciones y algunas intermedias (François, Argerich, De Larrocha, Zimerman, Kocsis) para comprender el camino que ha llevado a Ravel y a su Concierto en sol hasta nuestros días. En fin, sensacional Gabriela Montero, espléndida una vez más, y muy encendida también la BOS, que con Tebar jugó igualmente, limando ciertos desajustes, las bazas de la claridad y la transparencia.

Ravel volvió a ser protagonista tras la pausa con su propia versión para orquesta de la burlona e incisiva Alborada del Gracioso (1919). A Rafael Frühbeck le puso en un buen apuro, porque no fue un orquestador del nivel de Ravel (ni probablemente lo pretendió), pero es que tampoco la Suite española (1883-89) de Albéniz goza de la calidad, la fantasía y el poder evocador de Miroirs. Y si la versión orquestal de la Alborada puede igualar a la original para piano, el gran Frühbeck se queda bien lejos de alcanzar a Albéniz. Con todo, Tebar defendió vigorosamente las partituras y de esa forma se pudo escuchar con placer a la orquesta, entregada tanto al poderoso impulso rítmico de sevillanas, seguidillas y jotas como al vuelo melódico de esa lenta y bella serenata que, inundada de melancolía, es siempre Granada.

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