Zoltán Kocsis Foto: Andrea Felvegi

Zoltán Kocsis
Foto: Andrea Felvegi

DEIA: Maestro Kocsis

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 27-II-2014. Temporada de la BOS. Sinfónica de Bilbao. Pianista y director: Zoltán Kocsis. Obras de Bartók, Mozart y Dvorák.

Estos días han coincidido en Bilbao dos titanes del piano de hoy y de siempre: Daniel Barenboim (en la gala de aniversario de Frank Gehry en el Guggenheim) y Zoltán Kocsis. Son dos de esos solistas que cada vez con más frecuencia se ven tentados por la dirección de orquesta, y en ambos casos se da la circunstancia de que se ha perdido -aunque sea parcialmente- a un enorme pianista en favor de un maestro que no ha terminado de llegar a la misma altura. Pasa con ellos, pasa con Vladimir Ashkenazy, pasa con Mikhail Pletnev y es de prever que pasará con muchos más.

Eso sí, tener a este húngaro legendario con la BOS es un lujo que parece no haberse puesto realmente en valor. Hay solistas más mediáticos, eso sin duda, bien lo vimos en octubre con Lang Lang. Pero en el Concierto K. 453 de Mozart el pianismo de Kocsis, duro y transparente como un diamante de Murano, limpió el pasado reciente de la orquesta: no ha habido ninguno a su nivel estas últimas temporadas. Lástima que la descomunal sala del Euskalduna siga poniéndole las cosas tan difíciles a la música de Mozart, como hemos visto tantas veces. Si Kocsis no ha sabido dar con la clave del equilibrio entre el teclado y la orquesta, ¿quién lo logrará?

Los Bocetos húngaros de Bartók constituyeron un pórtico formidable. Una estética musical pura y sana, emanada de fuentes folclóricas y con rasgos estilísticos muy propios de los primeros compases del siglo XX. Sonaron más cercanos de lo esperado al concierto de Mozart, pues hay aristas y claroscuros dentro de esas dos formas de simplicidad. Los hay también en la Séptima sinfonía de Dvorák, dominada por una atmósfera predominantemente trágica, aunque sus tonalidades diáfanas y su riqueza melódica hacen que nunca llegue a abrumar. Kocsis, armado con garras de halcón y con toda la energía que retiene de sus fulgurantes inicios en los setenta, como buen viejo rockero que es, capturó el tono de la obra y dio colorido a sus líneas, para lo que elevó a la Sinfónica a su mejor nivel. Hubo grandes ovaciones y él, de muy buen humor, decidió quitarse la chaqueta y dejarla un rato en el podio. Hasta para eso tuvo su arte.