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Sociedad Filarmónica: crítica del concierto de Grosvenor

En Cámara/Críticas Por
FILARMONICAbyn
DEIA: SIR BENJAMIN

Asier Vallejo Ugarte

Sociedad Filarmónica de Bilbao. 9-X-2013. Benjamin Grosvenor, piano. Obras de Mendelssohn, Schubert, Schumann, Mompou, Medtner, Ravel y Gounod/Liszt.

Lang Lang (1982) es el talento unido a la imagen, al espectáculo, a los grandes titulares en prensa. Benjamin Grosvenor (1992) es ese mismo talento unido a la mesura, a la humildad, a la concentración. Los separan diez años y dos formas diametralmente opuestas de entender este mundo. El británico, que abrió el miércoles la temporada de la Sociedad Filarmónica, es sobrio y austero, no levanta la mirada del piano, apenas se mueve, pero toca con la elegancia de un perfecto gentleman. Ni una sola nota al aire, ni un solo gesto de mal gusto, ni un solo susto. Los Impromptus de Schubert y los Paisajes de Mompou sólo pueden tocarse así, con ese pianismo limpio, transparente como un cristal de Murano, con esa sabiduría superior, con esa tensión interior.

El Mendelssohn que a los veintiún años compuso el Rondo capriccioso, op.14 para la joven Delphine von Schauroth sí puede interpretarse con un espíritu más élfico y juvenil, igual que ese brillante Valse de l’Opera Faust, S.407 con el que Gounod y Liszt se divirtieron en un encuentro que mantuvieron en París en 1861. Ahí aparecieron las llamaradas de luz, la técnica superlativa, el virtuosismo deslumbrante. Incluso en la Humoreske op. 20 de Schumann se puede jugar con las dinámicas, con los matices, con los contrastes, con las distintas armonías, pero hay que tener mucho Schumann a las espaldas para poder hacer verdadera justicia a esta obra. Un Sokolov puede hacer de cada miniatura un mundo, puede ver música más allá de los pentagramas, puede afirmar que estamos en la cima del romanticismo. Pero demos tiempo a Grosvenor, pues en los dos Cuentos de hadas de Medtner demostró que el universo de la fantasía también se le puede dar muy bien.

Y qué decir de Ravel, de sus Valses nobles y sentimentales, de sus disonancias, de sus martilleos, de sus silencios, de sus perfiles sinuosos, de sus imaginadas coreografías. Ahí seguían las hadas de Medtner, aladas, cristalinas y etéreas, bailoteando sobre unas teclas que nada parecían pesar. Qué gran pianista raveliano será Grosvenor si le dejan seguir creciendo, si quienes llevan su carrera saben respetar los tiempos, si la sorprendente madurez que mostró a lo largo de este concierto, desde la primera nota hasta la última, no fue un simple espejismo.

 

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