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Buenas voces, poca variedad

En Vectores/Ópera Por
Javier Camarena, tenor. Foto: Julián @ABAO-OLBE
Javier Camarena, tenor. Foto: Julián @ABAO-OLBE

Deia: “Buenas voces, poca variedad”

Asier Vallejo Ugarte /

 

Tan pronto como se presentó el jueves la temporada 2016-2017 de la ABAO comenzaron a circular por las redes sociales valoraciones de urgencia que coincidían, en líneas generales, en que se ha dado prioridad al aspecto vocal sobre todo lo demás, lo cual puede ser una opción razonable si se tiene en cuenta la imperiosa necesidad que tiene la asociación de vender entradas. Por eso nada se puede reprochar a la contratación de cantantes de alto nivel como Angela Meade, Elena Mosuc, Anna Pirozzi, Celso Albelo, Javier Camarena o Gregory Kunde, pues todos ellos han triunfado recientemente en la ABAO, dan lustre a la temporada y es seguro que volverán a ofrecer grandes noches de canto a nuestro público. Pero en lo que se refiere a la variedad de los títulos la programación es muy poco estimulante, ya que se sigue insistiendo en la ópera italiana como su único elemento constitutivo. Ni Wagner, ni Strauss, ni Britten, ni Janácek, los cuatro ausentes desde hace demasiados años, no hablemos de un Pelléas et Mélisande, de un Wozzeck o de un Rake´s Progress, tres ejemplos de títulos centrales en el repertorio que todavía no se han estrenado en la ABAO.

La Cenerentola (1817), Lucrezia Borgia (1833) y Stiffelio (1850) no sólo comparten -con muchos matices- un mismo universo estilístico, sino que entre las tres abarcan únicamente treinta y tres de los más de cuatrocientos años de edad que tiene la ópera como género. Y con ellas se van tres quintas partes de la temporada. Andrea Chénier (1891) es una de esas partituras fin de siècle que, pese a emprender la búsqueda de nuevas vías expresivas, nunca supieron distanciarse realmente de la tradición a la que pertenecían. Y pese a que brindará a la ABAO un éxito rotundo si Kunde la aborda en plenitud, es una ópera más bien segundona. Como lo es Lucrezia Borgia y como lo es también Stiffelio, una obra que dormiría en el sueño de los justos si no llevase la firma de Verdi. En tales circunstancias, la grandeza del Don Giovanni de Mozart queda de relieve por la pequeñez de su entorno: única ópera del XVIII y única obra maestra de la temporada, ambas cosas a la vez. Y, además, su reparto está bien perfilado, aunque no haya presencias estelares. Tampoco parece que vaya a haber sorpresas con los directores de orquesta y las producciones, simplemente porque la ABAO no las busca y prefiere moverse sobre un suelo firme que garantice estabilidad, moderación y aire para todas esas voces de primera línea a las que confía su futuro más inmediato.

 

Fotografía de Elena Mosuc: © Susanne Schwiertz

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