El Cuarteto Ebène en la Filarmónica. Crítica de Asier Vallejo.

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Cuarteto Ebène. Foto: © Julien Mignot
Cuarteto Ebène. Foto: © Julien Mignot

 

Deia: “Visiones de futuro”

Asier Vallejo Ugarte /

 

Sociedad Filarmónica de Bilbao, 29/I/2016. Cuarteto Ebène. Obras de Haydn, Debussy y Beethoven.

 

Se anunciaba en el programa de mano la sustitución de Raphaël Merlin, violonchelista del Cuarteto Ebène, por Antoine Lederlin, del Belcea, debida a una operación de última hora. No suele ser fácil adaptarse a estos cambios, como le sucedió hace tres temporadas al Prazak, pero esta vez los resultados no se resintieron en absoluto. Únicamente hubo que cambiar en el programa de una obra maestra de Beethoven (Cuarteto en si bemol mayor, op.130) a otra de su misma altura (Cuarteto en do sostenido menor, op. 131). Haydn, con el segundo de los seis op. 20 (1772), muy prestigiosos en su tiempo, se mantuvo fresco, espontáneo, con carácter, con fibra y una admirable transparencia en esa fuga final que es muestra de la convivencia en el tiempo de la influencia de los maestros barrocos con las primeras tensiones del Sturm und Drang, aún más patentes en algunas sinfonías de la época.

Debussy compuso solamente un cuarteto de cuerda, el Cuarteto en sol menor (1893), pero su influencia fue enorme en la creación de una nueva conciencia musical por la búsqueda constante de nuevas posibilidades sonoras, muchas de ellas concentradas en el prodigioso Andantino, donde los cuatro músicos se fundieron en un denso y oscuro lirismo, dotando a la página de un dramatismo no exento de sensualidad. Es sorprendente que Debussy, tan innovador como fue, nunca mostrase públicamente un gran entusiasmo por la música de Beethoven, cuyos últimos cuartetos golpean con rabia las puertas de la modernidad: restricciones tonales, experimentaciones armónicas, continuos movimientos temáticos, austeridad de texturas, escritura contrapuntística, no había género como el del cuarteto de cuerda para condensar el alcance, el desarrollo y el sentido del estilo forjado en sus últimos años de vida. El Ebène, como buen conjunto joven, aportó dinamismo, nervio, vértigo y un pulso arrollador al descomunal (lo es en todos los sentidos) Cuarteto en do sostenido menor, op. 131 (1826), con enérgicos ataques, fuertes contrastes y contundentes articulaciones que marcaban una sideral distancia con los tiempos, ya bastante superados, en los que primaban la cantabilidad y la belleza como vías prácticamente únicas para remover las emociones ocultas en esta música visionaria, trascendente y ultraexpresiva.

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