Yefin Bronfman (izda) y Alan Gilbert. Foto: Chris Lee / archives.nyphil.org

Yefim Bronfman (izda) y Alan Gilbert. Foto: Chris Lee / archives.nyphil.org

Deia: Prokofiev de guerra

Asier Vallejo Ugarte /

 

Sociedad Filarmónica de Bilbao. 17-XII-2015. Yefin Bronfman, piano. Obras de Prokofiev y Schumann.

Yefim Bronfman es posiblemente (en dura disputa con Sokolov) el mayor pianista que ha pasado por Bilbao en 2015 por musicalidad, técnica y trayectoria. Su calendario para los próximos seis meses es verdaderamente asombroso, de esos que abruman tanto por la cantidad de conciertos como por la importancia de los nombres que lo componen, que van desde Anne Sophie Mutter hasta Vladimir Jurowski, desde Esa-Pekka Salonen hasta Christian Thielemann, con orquestas como Nueva York, Chicago, Cleveland, Dresde, Filadelfia o Los Ángeles, todas ellas entre las mejores del mundo. Por eso hay que valorar su presencia en la Sociedad Filarmónica, más cuando se presentaba con un programa muy exigente en el que tres sonatas de Prokofiev se entrelazaban con obras de Schumann, pero de un Schumann especialmente amable, delicado y sensible que no aspiraba a cuestionar el protagonismo del compositor soviético. Brofman hizo valer el espíritu clásico del Carnaval de Viena, op. 26 (1839) y dio vida al encanto poético del Arabesque, op. 18 (1839), dos obras que seguramente no muestren la verdadera estatura de un pianista tan dotado como él, pero no por ello debemos olvidarlas, pues el gran Schumann está tan presente en ellas como en una Kreisleriana o unas Davidsbündlertänze.

En el corazón del concierto situó la Quinta (1923), única sonata de Prokofiev compuesta fuera de Rusia, fuente de disonancias, contrastes afilados y enérgicos acentos. Una década después, su regreso a su país coincidió con la aparición del llamado estilo realista, impuesto por el Partido Comunista como forma de control sobre la música de los compositores soviéticos. Prokofiev comenzó a conducir sus obras hacia un lenguaje más conservador y popular, pero su conciencia musical pervivió en muchas de ellas, como en la Sexta (1940) y la Séptima (1942), dos sonatas escritas en un ambiente extraordinariamente oscuro en el que a las fuertes presiones del régimen se sumaba el terror de la Segunda Guerra Mundial. Por eso no sorprende que su tono sea dramático, tormentoso, brutal, colmado de poderosos ritmos martilleantes, enérgicas contraposiciones armónicas e inquietantes sugerencias fantasmales, pero Bronfman quiso recordar que entonces el compositor acababa de conocer a Mina Mendelson, por lo que en el interior de esta música penetra igualmente una luz intensa. Puede que nadie desde los buenos tiempos de Ashkenazy haya tocado las sonatas de Prokofiev a tan alto nivel, con esa fuerza, con esa tensión, con ese lirismo. Sensacional Bronfman, insuperable una vez más.