BOS: crítica de Asier Vallejo al programa Mozart, Bruckner

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Judith Jauregui. Foto: © Jordi Socías, / EL PAÍS
Judith Jauregui. Foto: © Jordi Socías, / EL PAÍS

 

Deia: “Espacios naturales”

Asier Vallejo Ugarte

 

Palacio Euskalduna. 11-XII-2015. Temporada de la BOS. judith Jauregui, piano. Sinfónica de Bilbao. Director: Erik Nielsen. Obras de Mozart y Nielsen.

Si hubo algo que Judith Jáuregui dejó ver en su interpretación del Concierto n° 24 K. 491 (1786) fue una frescura típicamente mozartiana, a la que imprimió acentos veraces, elegancia en las formas y claridad en el sonido, pero tampoco dudó en adentrase en las zonas más oscuras de una obra que se alimenta de las implicaciones trágicas de la tonalidad de do menor. Para una orquesta sinfónica tradicional este concierto de Mozart debe de ser especialmente confortable, ya que es el que con más valentía se adelanta al futuro espíritu romántico, aunque Nielsen hizo bien en recordar que su juego mozartiano no aspira a la épica, sino (como en Don Giovanni) a un equilibrio perfecto entre luces solares y fuerzas desesperadas.

Difícilmente una sinfonía de Bruckner puede mostrarse en todo su esplendor cuando viene precedida de una de las grandes creaciones de Mozart, y eso es algo que pudo pasar factura a la Tercera (1877), que acaso tampoco se encuentre entre las mejores: como expresión de un estímulo profundamente religioso es tan grandiosa y monumental como la que más, pero los principios compositivos de Bruckner no alcanzaron plenitud hasta la cúspide absoluta de las tres sinfonías finales. Ahora bien, Nielsen recoge de sus predecesores una orquesta que en este repertorio se encuentra en su espacio natural (recordamos la Cuarta que ofreció Neuhold en febrero de 2014 como uno de sus mayores logros como titular), de forma que cuenta de antemano con buena parte del camino recorrido. Por suerte no se ha limitado a seguir el paso, y entre sus aportaciones se encuentran una cuerda más cálida, densa y satinada, así como una mayor complicidad con los músicos, aparentemente más sueltos y liberados que en temporadas pasadas. Eso se deja sentir en el carácter de los temas, en la naturalidad del fraseo y en el vuelo de las melodías, que circulan por la sinfonía con más aire a su alrededor. Sí, la severidad es un elemento inseparable de esta obra, pero dotar a Bruckner de un espíritu vivaz es una forma de situar su música en la tradición vienesa que le corresponde: más Schubert que Wagner, la Novena de Beethoven como referencia, no lo olvidemos.

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