OSE: crítica de Asier Vallejo al programa Schumann, Hindemith

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Elisabeth Leonskaja. Foto: Benjamin Suomela
Elisabeth Leonskaja. Foto: Benjamin Suomela

Deia: “Gran dama”

Asier Vallejo Ugarte

 

Palacio Euskalduna. 21-V-2015. Temporada de la OSE. Elisabeth Leonskaja, piano. Sinfónica de Euskadi. Director: Andrey Boreyko. Obras de Pärt, Schumann, Bach-Bantock y Hindemith.

Arvo Pärt debe de ser uno de los creadores contemporáneos más escuchados en nuestras salas de conciertos, pero ello no hace de él un compositor popular. En Fratres (1977) confluyen elementos constitutivos de su pensamiento musical como son la quietud, la pureza espiritual y el respeto a la música del pasado, los tres presentes y palpables en la interpretación que de ella hicieron, a media luz y con sensibilidad extrema, la OSE y Andrey Boreyko. Fratres puede ser pórtico de muchas obras, también del Concierto para piano (1845) de Schumann, que es una de las cumbres absolutas del repertorio concertante del diecinueve. Elisabeth Leonskaja demostró una gran valentía al afrontar una obra tan diáfana y transparente a una edad en la que sus dedos no son infalibles y, de hecho, se enfrentó a ella con una cierta laxitud en los tempi y la prudencia propia de quien sabe perfectamente dónde están sus límites, pero desde los impetuosos acordes iniciales fue clara su apuesta por un sonido intenso, poderoso y robusto que no eludía, en los momentos más líricos, la emoción, la elegancia y la sutileza. Frente a la artillería ligera de tantos y tantos pianistas actuales que parecen aspirar a coronarse continuamente como los más rápidos del planeta, Leonskaja mantuvo a raya a la orquesta schumanniana y aportó a la música una formidable personalidad basada en la fuerza del contraste y en una concentración a prueba de bombas que logra atrapar por completo la atención del oyente.

Bach tuvo su pequeño espacio en el concierto, aunque fuera a través de un arreglo para orquesta de una transcripción para órgano de un coral, apareciendo como lejana fuente de inspiración para Paul Hindemith en su Matías el pintor (1934). Ya en la década de los treinta lamentaba Furtwängler las campañas impulsadas en Alemania contra el compositor, convencido de que “habida cuenta de la inefable indigencia de músicos realmente productivos que impera en el mundo, no podemos darnos el lujo de renunciar sin más a un hombre como Hindemith”. Pero si entonces podía haber razones políticas por medio, hoy es lícito pensar que si esa música está envejeciendo rápido es porque parece excesivamente condicionada por el contexto social y cultural en que vio la luz. Y puede ser que Andrey Boreyko confiase en las cualidades germánicas que con tanta claridad veía en Matías el propio Furtwängler, pero ni en un solo instante consiguió este Hindemith hacer sombra a un Schumann que, en plenitud, se eleva sobre prácticamente todos sus sucesores.

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