BOS: crítica de Joseba Lopezortega al programa dirigido por Yaron Traub

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Yaron Traub Foto: @Jesús Ugalde
Yaron Traub
Foto: @Jesús Ugalde

Mundoclasico: Bilbao, Traub y la ballena de Jonás

Este artículo fue publicado en www.mundoclasico.com el 20/10/2014

Joseba Lopezortega 

Bilbao, 09/10/2014. Euskalduna Jauregia. Guy Braunstein, violín. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Yaron Traub, director. Alban Berg: Concierto para violín y orquesta. Gustav Mahler: Sinfonía nº 1 en Re mayor, “Titán”. Aforo: 2164. Ocupación: 80%

Es la segunda vez en un periodo de pocos años que la sinfonía Titán es la elegida por la Sinfónica de Bilbao, BOS, para abrir temporada. En la 2010-2011 ejercía como director Günter Neuhold, quien a la sazón ostentaba la titularidad de la orquesta, y el programa se completaba (que no complementaba) con dos obras de Cristóbal Halffter y algunos fragmentos de la Iberia de Albéniz orquestados por Jesús Rueda (“Evocación”, “Lavapiés” y “Triana”). En este primer programa de la 2014-2015 la Titán estaba programada como segunda parte tras un concierto, el de Berg, que vale y casi precisa por sí solo un programa entero. Queda claro que a los responsables de programar en Bilbao la Sinfonía número 1 de Mahler les parece que los 53 minutos que dura la obra, catálogo en mano, quedan escasos para ocupar en solitario un programa, pese a que la riqueza y densidad de la obra merecen (y casi exigen) ser apreciadas sin prólogo ni primera parte, sino ocupando la totalidad de una velada, pero su criterio es respetable y tendrán sus razones. En mi opinión, sumar dos obras tan extremadamente exigentes, tan densas y admirables y tan autónomas como el concierto de Berg y la Titán resulta y resultó excesivo.

Hace décadas que las sinfonías de Mahler no asustan a nadie, ni provocan la estampida del público (quizá la Séptima o la Novena abrumarían todavía, en auditorios menos maduros de lo que pueda presumirse), sino que forman parte del repertorio habitual de orquestas grandes como la BOS y de públicos curtidos, al menos sobre el papel, como el de los abonados de esta veterana orquesta.  Por el contrario, Mahler y sus titánicas genialidades son un pórtico atractivo y accesible para todos los públicos. La Titán es una sinfonía hoy por hoy comercial, muy escuchada y muy amortizada, representa una apuesta segura. Eso no menoscaba su calidad, probablemente todo lo contrario, pero la convierte en una tarjeta de visita ideal para el lucimiento de maestro y orquesta, a nada que ambos aporten calidad y compromiso en cantidades suficientes.

La BOS estaba realmente enchufada, pero la Titán de Yaron Traub fue muy irregular. El maestro, que tiene conocimiento de y experiencia con la comprometida acústica del auditorio del Euskalduna, alternó ya en el primer movimiento momentos de exquisita suavidad con otros de un vigor casi frenético, llevando la obra hasta un plano próximo al ruido y transmitiendo una sensación de efectismo, de interpretación enfocada a gustar al público mediante la fuerza y la potencia, en detrimento de la sutilidad. Quedaba poco espacio para los matices. Lo mismo puede decirse del cuarto movimiento, muy saturado, con la orquesta al rojo vivo, empujada hacia la máxima intensidad. Se diría que Traub, que es un maestro muy experimentado, optaba por enfocar al de por sí exuberante Mahler de la Titán a través de un cristal de aumento. El premio estaba allí, en forma de aplausos, pero, ¿y Mahler? Es verdad que Traub trata de dirigir y transmitir pensando en el público, pero no debe excederse. Si Mahler se hubiera guiado principalmente por el loable objetivo de llegar al público de manera tan decidida, quizá hubiera compuesto valses y polcas y no hubiera legado ninguna de sus grandes obras. Traub es capaz de ofrecer un Mahler mucho mejor, no hay duda, pero el jueves pensaba más en los que le miraban la espalda que en los que le veían la cara, y la BOS bordeó el abismo y se mojó los pies en territorios resbaladizos, ya en la frontera de la superficialidad. El israelí es, curiosamente, el extremo opuesto de Neuhold, y también su Mahler es consecuentemente antagónico. Para lo bueno y para lo malo. Si Neuhold parecía ocultar a la BOS tras sus espaldas, Traub parece proyectarla desde sus hombros.

Del scherzo poco se puede decir: fue correcto, de nuevo con una clara inclinación a dar peso a metales y percusión y a mostrarse brioso, muy alcanzable, muy para todos los públicos. Bien, subrayemos: eso no representa en si mismo ni un defecto ni un problema, dado que a veces se tiende a poner sobre los hombros de Mahler una sobrecarga de trágica trascendencia, cuando era un hombre y un compositor de gran sentido del humor. Traub hizo un segundo movimiento indudablemente extrovertido, eso es todo, por tomar el adjetivo que con perspicacia y exactitud titulaba una entrevista que esa misma mañana le hacía un importante medio local. El tercer movimiento, celebérrimo y quizás el que mejor condensa la deslumbrante complejidad del joven Mahler de la Titán y anticipa su personal evolución, merece un análisis más detenido y quizá fue lo mejor y más personal del programa. Traub lo desnudó y lo aligeró de sus imponentes y hondos cimientos judíos y lo llevó hacia un espacio tragicómico, a la vez radiante y tenebroso, festivo y fúnebre, cercano al mundo de las “Humoresken” de “Das Knaben Wunderhorn”. El trabajo del contrabajista Christoph Filler fue, como hace cuatro años, excelente y, hay que decirlo, también en una línea muy distinta a la impuesta por Neuhold. Filler parecía más libre, más juguetón, menos oscuro que con el austríaco: tenía más música y menos voz, era tan solista, pero incomparablemente más leve.

En la primera parte del programa se había ofrecido el concierto de Berg. En mi opinión, Guy Braunstein volvió a demostrar, como en su anterior visita con el número 1 de Shostakovich, que es un violinista sencillamente extraordinario, pero no siempre se le pudo escuchar. La BOS abordó también este concierto con cierto exceso de octanaje, y sucedió con esta pieza maravillosa algo que pertenece al rango de lo inexplicable: la sala devoró a Berg, como recuerdo que sucedió hace unas temporadas con la gran “Short Ride in a Fast Machine” de John Adams. En el Euskalduna, que homenajea con sus formas y emplazamiento al histórico astillero homónimo, habita la ballena de Jonás. Casi siempre permanece adormecida, pero a veces se despierta de forma imprevisible y ajena a toda lógica, más allá claro de lo que puedan opinar los que entiendan –realmente- de problemas de acústica. Y cuando la ballena despierta lo hace con acumulada e insaciable voracidad, y toma la música y la traga y la regurgita. El concierto de Berg surgió pleno, potente y bien planteado, mostrado en una radical complejidad que es al mismo tiempo el camino hacia un poema simple y directo, hacia un recuerdo tierno. Pero se escuchó encerrado en unos márgenes confusos, amalgamados, que trocaban la complejidad en síntesis y las voces en proclamas. Contra esas dificultades remaban maestro y orquesta, buscando el equilibrio de una tierra prometida tras la mar gruesa, y en el espolón estaba Braunstein: sobresaliente, extraordinario, fuerte y lleno de poder. Es un privilegio escucharle, y es de esperar que regrese pronto a Bilbao. Hay que decir también, en honor a la verdad, que la parroquia bilbaína escuchó el concierto de Berg de forma absorta y distante, algo epatada y ello dentro de un frío asombro.

Que Traub tomara el micrófono antes del concierto para erigirse en maestro y sacerdote de una ceremonia con incensario de autoafirmación, o que al final del programa regalara como propina la “Amorosa” de Guridi, que es tanto como poner el dedo en la llaga emocional del respetable y a sabiendas, queda en los márgenes de lo anecdótico. Es un buen maestro, pero le es plenamente exigible que se reivindique como gran maestro y que se olvide del público para poder llegar realmente al público. Por otro lado, la presentación micrófono en mano y la despedida con el corazón agarrado en un puño parecen gestos propios de una carrera en busca de la titularidad de la orquesta, cuando pueden no serlo, y que simplemente Traub trate de contagiar a los públicos con el bendito virus de la pasión por la música que sin duda él padece. Este posible malentendido, esta ambigüedad, tiene su raíz en la demora por parte de la BOS en anunciar su nuevo titular, cuando el finiquito del anterior se hizo con incomprensible premura: sabemos que la BOS no tiene maestro titular desde mayo de 2013, ¿no es demasiado tiempo? Seguro que hay una explicación. Que se comunique de forma consistente y, para beneficio de todos y todas, cuanto antes.

 

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