Filarmónica: crítica de Asier Vallejo al concierto de Stephen Hough

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DEIA: El piano secreto

Asier Vallejo Ugarte

Sociedad Filarmónica de Bilbao. 6-VI-2014. Stephen Hough, piano. Obras de Schoenberg, Strauss, Wagner, Bruckner, Brahms, Hough y Schumann.

Stephen Hough pertenece al círculo de los pianistas secretos, de los pianistas de culto, de esos que desarrollan sus carreras alejados de los mercados, de las multinacionales y de las portadas de revistas. Pero también ellos tienen sus públicos. Hough debe de ser uno de los pianistas vivos que más veces ha actuado en la Filarmónica de Bilbao (van once) y solo por la manera en que elabora sus programas puede considerarse un músico extraordinario. Ni una sola de las obras que tocó el viernes tiene un mínimo átomo de efectismo, ni siquiera el Carnaval de Schumann, pese a sus muchas trampas.

Sorprende su seriedad a prueba de bombas. En Mozart, en Beethoven, en Liszt, en Rachmaninov, en Britten, Hough es el mismo hombre sobrio, sereno y elegante. Puede moverse el mundo que él, como buen británico, no pierde las formas. Además no es pianista de extremos. Por eso en Brahms un Presto enérgico no es demasiado enérgico, un Allegro passionato no es demasiado passionato y un Allegro agitato no es demasiado agitato, y por eso tocó las Fantasías op. 116 con el punto exacto de calor y de intensidad. Lo mismo se puede decir de las piezas op. 19 de Schoenberg, tan breves como radicales (estamos en las albores de la atonalidad), y de las obras de Strauss, Wagner y Bruckner, tres compositores prácticamente aislados del mundo pianístico, donde no siempre han sido bien recibidos. Hough mostró después una composición propia, su Sonata nº 2 (Notturno luminoso) de 2012, una pieza amplia, oscura, tumultuosa, de resplandores góticos y aureola poética. Costará escucharla en otras manos, pues lleva tan al límite la escritura pianística que parece reservada únicamente a sus iguales, a virtuosos de su altura.

El Carnaval es el típico ciclo schumanniano en el que se puede hacer de cada miniatura un mundo y del conjunto un universo entero. Sus múltiples retratos, caricaturas y escenas dan muestra de un romanticismo que se burla de sí mismo, que juguetea con la técnica, que se echa a volar sin alas. Un baile de máscaras con sus pierrots y sus arlequines, una música feliz y afirmativa, un vivo retrato de la personalidad del joven Schumann. Hough, con buena velocidad punta, sacó todas sus armas y acabó con un Carnaval perfectamente apolíneo un concierto (uno más) fabuloso de inicio a fin.

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