BOS: crítica de Asier Vallejo al programa Beethoven, Tomasi, Shostakovich

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El compositor soviético Shostakovich. Foto: http://galeri7.uludagsozluk.com/272/dmitri-shostakovich_502286.jpg
El compositor soviético Shostakovich.
Foto: http://galeri7.uludagsozluk.com/272/dmitri-shostakovich_502286.jpg


DEIA: Realismo blindado

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 28-III-2014. Temporada de la BOS. Alberto Urretxo, trombón. Sinfónica de Bilbao. Director: Chi-Yong Chung. Obras de Beethoven, Tomasi y Shostakovich.

Leonora III (1806) es la más amplia y contundente de las cuatro oberturas que Beethoven escribió para Fidelio, y también la que muestra con mayor claridad la luz revolucionaria de la ópera, una oda a la libertad y un canto a los ideales humanistas de la Ilustración. Por eso pervive como una obra perfectamente autónoma que absorbe la enorme fuerza expresiva de la época heroica del compositor alemán. Con ella calentó los motores de la orquesta el coreano Chi-Yong Chung, desplegando una sobriedad que no acabó de cautivar. El francés Henri Tomasi tomó el relevo de Beethoven con su Concierto para trombón (1956), que dejó la misma impresión que el de trompeta hace un par de temporadas: una música fácil y agradable pero sin aura. En pocos instantes quedó eclipsada por la Milonga del ángel de Astor Piazzolla que Alberto Urretxo, formidable solista de la Sinfónica, dio como propina.

El plato fuerte de la noche era sin duda la Quinta (1937) de Shostakovich, una sinfonía que no debería entenderse únicamente como una consecuencia del dirigismo estalinista, como un fruto más de la realidad actuante en la que vivió el compositor. Compuesta bajo la sombra de la crítica oficial del régimen, que acababa de censurar el caos, el “formalismo”, el “estilo naturalista” y las “innovaciones burguesas” de su ópera Lady Macbeth, es una obra de aire tradicional que se desarrolla con una linealidad imparable. El pulso afirmativo y optimista del Finale entusiasmó a las élites soviéticas de la época, que por primera vez vieron a Dimitri Dimitrievich como un artista “deliberadamente realista”. Pero, por encima de todo, en esta Quinta se mueven fuerzas de un extraordinario valor musical: la curvatura dramática del movimiento inicial, las extravagancias del Scherzo y el pathos del Largo, blindado por ecos ortodoxos rusos. Fue una de las primeras obras orquestales soviéticas en alinearse con las grandes sinfonías occidentales y seguramente la mejor puerta para adentrarse en el pensamiento musical de Shostakovich, que el viernes volvió a imponerse con un poderío enorme, alentado por una orquesta que se crece ante los grandes retos y por un director que, simplemente, dejó que la música hablase por sí misma.

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