BOS: crítica de Asier Vallejo al programa Mendelssohn, Prokofiev, Enesco

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El maestro Pavel Kogan. Fotografía: no consta autor.
El maestro Pavel Kogan. Fotografía: no consta autor.

Deia: “Aristas”

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 29-I-2015. Temporada de la BOS. Boris Belkin, violín. Sinfónica de Bilbao. Director: Pavel Kogan. Obras de Mendelssohn, Prokofiev y Enesco.

Hubo una entrada un poco triste el jueves en el Euskalduna, en parte porque había partido en San Mames y concierto en la Filarmónica, así que puede que muchos abonados prefiriesen cambiar su entrada para el viernes, pero también es verdad que podía no parecer a primera vista uno de los programas más atractivos de la temporada. Como poco, cabía discutir su coherencia: la Italiana de Mendelssohn es una sinfonía que gana si se escucha en caliente, no de inicio, con los oídos aún congelados. Y desde luego, la Rapsodia rumana nº 1 de Enesco, pese a ser una página afirmativa y brillante, puede quedar totalmente minimizada si se escucha después de una pieza maestra como es el Concierto para violín nº 1 de Prokofiev, máxime cuando se cuenta (y era el caso) con un solista de muy alto nivel.

Fue así en buena medida, aunque en la balanza pesaron más los elementos positivos. La BOS parece haber pulido su sonido de un tiempo a esta parte, especialmente en su cuerda, que ha ganado en tersura y redondez. Para la Italiana eso es sal bendita, pues favorece la expansión de luces y colores. No olvidemos que el joven Mendelssohn, completamente seducido por los paisajes, el arte, el sol, el mar, el aire festivo y la vitalidad de Italia, quiso componer “la pieza más alegre que haya escrito nunca”. Con Pavel Kogan, que tiene alma y sangre de músico (es hijo de Leonid Kogan y sobrino del mismísimo Emil Gilels), la sinfonía fue sobrada de frescura y energía rítmica, pero aún llegó más lejos en el concierto de Prokofiev, al que dotó de lirismo y patetismo a partes iguales, jugando a lo apolíneo sin renunciar a las múltiples aristas que le dan forma. Boris Belkin, veterano y siempre bienvenido en las temporadas de la Sinfónica, capturó también la escritura caústica y escarpada del Scherzo, pero hizo suya la tensión latente en una obra nacida en tiempos de la Revolución rusa. Como era de prever, la Rapsodia de Enesco demolió la poética del concierto (uno de los mayores del siglo XX) a base de melodías exuberantes y ritmos de puro vértigo que no muestran al compositor rumano en su verdadera estatura, como tampoco las Rapsodias húngaras representan al mejor Liszt. La música de Enesco fue a más a medida que se universalizó, comenzó a tender a lo francés y se dejó llevar por la influencia de Stravinski. Con todo, Kogan movió los hilos de la obra con las espadas de la BOS en lo alto.

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