OSE: crítica de Asier Vallejo al programa Zubiaurre, Weber, Schumann

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François Proud, fagot, ensaya con la OSE y el Maestro García Calvo Foto: extrañada del canal Youtube de la OSE
François Proud, fagot, ensaya con la OSE y el Maestro García Calvo
Foto: extrañada del canal Youtube de la OSE

 

DEIA: “La palabra del silencio”

Asier Vallejo Ugarte

 

Palacio Euskalduna. 22-V-2014. Temporada de la OSE. Ramón Barea, narrador. François Proud, fagot. Sinfónica de Euskadi. Director: Guillermo García Calvo. Obras de Zubiaurre, Weber y Schumann. 

Puede ser que la relación de Miguel de Unamuno con la música no fuese especialmente importante, pero cuando tenía poco más de veinte años escribió en su Diario íntimo (1897) una serie de reflexiones sobre el arte de los sonidos que la OSE tuvo la buena idea de poner en voz de Ramón Barea. Entre ellas merece la pena destacar la siguiente (y que cada uno saque sus conclusiones): “No hay música más grande ni más sublime que el silencio”.

El homenaje al gran escritor se inició con los breves preludios de las óperas Don Fernando el Emplazado (1874) y Ledia (1877) del vizcaíno Valentín de Zubiaurre, estrenadas ambas en el Teatro Real en una época en la que el domino de los compositores italianos en Madrid era realmente aplastante. Es una música llana, sencilla, limpia, que se escuchó con gran placer como aperitivo de una velada que fue ganando en densidad. El Concierto para fagot en fa mayor, op. 75 (1811) de Carl Maria von Weber tiene cualidades que son propias de sus óperas alemanas, como ese característico colorido orquestal o ese estilo popular en el que sus melodías claras y directas se integran en perfecta armonía: bravura, lirismo y buen humor en una obra muy poco programada en nuestras salas de conciertos. François Proud es miembro de la OSE y mostró técnica, musicalidad y virtuosismo en todo momento, también en la deliciosa propina jazzística.

Pero la obra más importante de la noche era la sinfonía Renana (1851) de Schumann, una música que reúne varios los mejores valores del romanticismo alemán. Sorprende que durante tanto tiempo sus obras orquestales fueran objeto de críticas de tantos críticos, que hasta hace bien poco se defendiese que su capacidad como sinfonista era absolutamente ínfima. Se decía que la orquestación era pesada, que los vientos enturbiaban las texturas, que la escritura era demasiado vertical. Por los lieder y las piezas para piano se le perdonaba la vida. Sigue teniendo sus detractores, pero ahora sabemos que la clave está en la frescura, en la transparencia, en la energía rítmica y, concretamente en la Renana, en el elemento poético y fantástico que se halla presente en su interior. Es una obra estupenda para la Sinfónica de Euskadi, que con Guillermo García Clavo al frente (disciplina vienesa, vitalidad latina) mostró claridad de líneas, dio oxígeno a sus diferentes temas y acertó a ver de inicio a fin el tono estimulante que merece todo homenaje a don Miguel.

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