La Cenerentola: por un puñado de metros

En Críticas/Ópera Por
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Foto: Enrique Moreno Esquibel para ABAO-OLBE

Nora Franco Madariaga/

 

Bilbao, 25/11/2016. Euskalduna Jauregia. 65 Temporada de Ópera de ABAO-OLBE. La Cenerentola de Gioachino Rossini. Libreto de Jacopo Ferretti sobre el cuento de hadas Cendrillon, ou Le petit pantoufle de verre de Charles Perrault, el libreto de la opéra féerie Cendrillon de Nicolas Isouard y Charles-Guillaume Étienne, y el dramma semiserio Agatina, o La virtù premiata de Stefano Pavesi y Francesco Fiorini. Estreno: Teatro Valle de Roma, 1817.

Angelina – José María lo Monaco; Don Ramiro – Edgardo Rocha; Dandini – Paolo Bordogna; Don Magnífico – Bruno de Simone; Alidoro – Petros Magoulas; Clorinda – Marta Ubieta; Tisbe – María José Suárez; Bilbao Orkestra Sinfonikoa; Coro de Ópera de Bilbao; Dirección musical – Antonello Allemandi; Dirección de escena, escenografía y vestuario – Jean Philippe Clarac y Oliver Deloeuil; Iluminación – Rick Martin; Colaboración artística – Lodie Kardouss; Dirección de coro – Boris Dujin; Maestro repetidor – Miguel N’Dong; Producción – Ópera de Toulon.

De cada cuento de hadas hay un montón de versiones: la sencilla, la que contaban las madres o las abuelas cuando estábamos en la cama o mientras terminaban una tarea rutinaria; la cruenta, una versión un poco más gore que escuchábamos siendo más mayorcitos y que nos gustaba y espeluznaba a partes iguales; la original, en la que los zapatos eran de piel de ardilla (vair, en francés antiguo) y no de cristal (verre, en francés actual); y no olvidemos la versión Disney que, por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, es la primera que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en la Cenicienta. La de Ferretti es una versión del cuento muy blanca, sin alardes sobrenaturales por cuestiones económicas y con momentos muy divertidos, a los que Rossini, con esa energía y esa alegría vital que le caracterizaban, supo poner la música más adecuada.

Inconfundible el estilo de Rossini, inconfundible también el sonido de la BOS, incluso en los pasajes de mero acompañamiento. Magnífico empaste y juego de voces. Absoluta exactitud también en los tempi más rápidos de Allemandi, bastante incómodos para los cantantes pero rigurosos en estilo y fieles a Rossini. Y aunque están impecables en todo momento, cabe destacar la obertura y el magnífico pasaje orquestal de la tormenta.

Sin embargo, no se puede decir lo mismo de lo que sucede en el escenario. De nuevo una puesta en escena pone en jaque una obra que tiene –casi– todos los elementos para ser un éxito y que a pesar de todo no termina de cuajar. Una escenografía moderna, atemporal, puede ser muy fresca y divertida… siempre y cuando tenga una razón de ser. Difícil encontrarla en una llena de anacronismos, con una estructura central que, si bien es muy versátil, nos lleva de una cabaña fabricada con una caja aún con el letrero Fragile pintado y con un tendal sobre ella que más parece la decoración de una tienda de Desigual a un vestuario deportivo donde lo mismo encontramos jugadores de polo, forofos de fútbol, patines o gorras de baseball. Tal vez una frase de Dandini casi al final de la obra sobre una bola lanzada al aire por un jugador, sacada de contexto, nos pueda dar la clave –traída por los pelos– para la cuestión deportiva, pero aún seguirán quedando incógnitas sobre el papel que juegan en todo esto un piloto de aviación, un ramillete de globos de colores o unos trajes renacentistas.

Y aún podría quedarse en anecdótico si no fuera por los sangrantes metros completamente desaprovechados desde donde transcurre la acción a la boca del escenario; apenas tres o cuatro metros, pero vitales para la acústica de cuanto sucede en escena. Por supuesto que cuando se opta por una producción de otro teatro, como en este caso se ha hecho con una de la Ópera de Toulon, se sabe de antemano cómo va a ser, con sus ventajas e inconvenientes, pero también se espera de escenógrafos y directores de escena que tengan un poco de cintura y sepan adaptarse a las condiciones arquitectónicas y técnicas de cada espacio. Sin duda ABAO habrá luchado por buscar una solución, pero en ocasiones la batalla está perdida de antemano.

A pesar de las enormes dificultades vocales que añadía lo retrasado y abierto de la escena, hay que valorar muy meritoriamente el trabajo de los cantantes por sobreponerse a ellas. Con un difícil equilibrio entre foso y escena, la más perjudicada fue, lamentablemente, la protagonista José María lo Monaco que, con una voz más de soprano que de mezzo, desaparecía completamente en la tesitura grave. Si bien es cierto que dominaba tanto los agudos como las coloraturas que requería su papel, su registro más grave carecía del color y el volumen necesarios. Por si fuera poco, los tempi vertiginosos llenos de texto en los que apenas daba tiempo a respirar y mucho menos a impostar, no hacían sino agravar una situación ya de por sí complicada. Una verdadera decepción porque por momentos se atisbaba una voz muy agradable que ojalá podamos disfrutar en una ocasión más propicia.

Posición complicada también la de Edgardo Rocha como príncipe Don Ramiro, sustituyendo apresuradamente nada menos que al tenor mexicano Javier Camarena. Pero con su voz ligera y bien colocada, de agudo potente y fraseo dulce, reivindicó su lugar con soltura y buen hacer. La pérdida de acústica por culpa de la escenografía mermó el brillo de alguna de sus arias pero sin que su papel se viera perjudicado. Un trabajo elogiable que, debido a las circunstancias, no se llevó tantos aplausos como merecía.

El coro masculino, sonoro, rotundo y bien ajustado, demostró una vez más que una veintena es número suficiente cuando se trata de buenas voces. Muy correcto el bajo Petros Magoulas en el papel de Alidoro, con un centro lleno y de coloratura fácil. Muy acertado Paolo Bordogna como Dandini. Una voz redonda, ágil y muy bien proyectada que, con un sinfín de matices expresivos y sumada a unas fantásticas dotes interpretativas, hizo que bordara un papel exigente y complicado. Bruno de Simone, por su parte, brilla en el papel de Don Magnífico. Con una voz de barítono bufo que no se resiente pese a los condicionantes escénicos, destaca sobre todo por su faceta actoral. A él debemos el que fue uno de los mejores momentos de la velada, el aria “Giocato ho un ambo”, musicalmente intachable y tremendamente divertida.

Pero las que hicieron reír desde la leve sonrisa hasta la sonora carcajada fueron las hermanastras Clorinda y Tisbe, Marta Ubieta y Mª José Suárez. Ataviadas con unos modelitos esperpénticos, divirtieron al público con sus gestos, sus ocurrencias y su expresividad. Vocalmente muy bien resueltos sus papeles (de hecho, por registro, la voz que mejor se escuchaba en el conjunto era la de la soprano Marta Ubieta), aportaron tanta frescura a la obra que, a pesar del cuento, daban ganas de que el príncipe eligiera a las hermanastras.

En definitiva, una obra que lo tenía todo… excepto un puñado de metros. Menos mal que la música y la risa lo salvan casi todo.

Foto: Enrique Moreno Esquibel para ABAO-OLBE
Foto: Enrique Moreno Esquibel para ABAO-OLBE

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