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Fantasías, ritmos, tensiones

En Sinfónico/Críticas Por
La mezzo Tanja Ariane Baumgartner. Foto: © L. Caputo
La mezzo Tanja Ariane Baumgartner. Foto: © L. Caputo

 

Deia: “Fantasías, ritmos, tensiones”

Asier Vallejo Ugarte /

 

Palacio Euskalduna. 27-V-2016. Temporada de la BOS. Tanja Ariane Baumgartner, mezzosoprano. Sinfónica de Bilbao. Director: Erik Nielsen. Obras de Weber, Berlioz, Stravinski.

No hay muchas obras capaces de salir indemnes de un concierto en el que esté presente La consagración de la primavera de Stravinski, y probablemente la Invitación a la danza (1819) de Weber no sea una de ellas, pero sí lo es La muerte de Cleopatra (1829) de Berlioz, una cantata en la que las estructuras musicales únicamente pueden comprenderse en base a la referencia dramática en la que se enmarcan.

Tanja Ariane Baumgartner mostró esa íntima relación entre palabra y música merced a una voz de formidable amplitud y a una expresividad a flor de piel. En las tres canciones que componen El fauno y la pastorcilla (1907) esa misma voz dio con el punto exacto de sensualidad, y aunque Stravinski no tenía especial estima por ellas, presentan una orquestación lujuriosa y una teatralidad que resurgirán en sus futuras obras escénicas, de las que la Consagración (1913) es la cabeza más visible, pero no la única. Stravinski tiene óperas y ballets espléndidos que no se programan prácticamente nunca, acaso porque los ecos del enorme escándalo que se produjo el día del estreno de la Consagración dieron una idea revolucionaria del compositor que nunca volvería a mostrarse en la misma medida, pues entre sus múltiples virtudes estaba la de no repetirse jamás a sí mismo.

Por eso la Consagración tuvo más consecuencias en la música de sus contemporáneos que en la suya propia: ninguna otra obra buscó con tanta determinación devolver a la música occidental una esencia rítmica eludida durante décadas por los compositores románticos. Más de cien años después de su estreno, la Consagración no escandaliza, pero mantiene intactas su fuerza de rebeldía y su capacidad de sorprender al oyente desprevenido. Decía Stravinski de ella que “es esforzada, pero no difícil, y el director de orquesta es una suerte de agente mecánico, un marcado del tempo que da un pistoletazo al inicio de cada sección y deja que la música fluya por sí sola”. Suele ser así cuando los miembros de la orquesta sienten que tienen libertad para desarrollar sus propias ideas, y por suerte Nielsen parece comprender que una obra como ésta debe ser gozada y disfrutada por encima de todo, así que únicamente hubo que asegurar el orden y la precisión para ofrecer una Consagración alentada por la fantasía, la continuidad rítmica y las tensiones permanentes.

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