Por sí mismas

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Viviane Hagner, violinista. Foto: Timm Kölln
Viviane Hagner, violinista. Foto: Timm Kölln

Deia: “Por sí mismas”

Asier Vallejo Ugarte /

 

Palacio Euskalduna. 4-V-2016. Temporada de la OSE. Viviane Hagner, violín. Zoe Nicolaidou, soprano. Sinfónica de Euskadi. Director: Jun Märkl. Obras de Berg y Mahler.

Jun Märkl se reservó para los primeros días de mayo un magnífico programa compuesto por dos obras que no sólo pertenecen a una misma tradición, sino que la renuevan e incluso la fortalecen, cada una desde su propio punto de referencia. El Concierto para violín y orquesta (1935) de Berg es una muestra culminante de la manera en que la técnica dodecafónica se puede suavizar en aras de conferir a la música ciertas implicaciones tonales, fundidas todas ellas en una atmósfera profundamente elegíaca que no elude fulgores expresionistas. Como no es una obra de virtuoso (“como sabes, ese no es mi tipo de música”), Viviane Hagner hubo de seducir a la sala por la vía de la intensidad, del lirismo penetrante, labrando una actuación formidable que se elevó mil metros sobre el nivel ofrecido por una orquesta en blanco y negro y por un Märkl excesivamente expeditivo, un tanto distanciado de la pasión y a la expresividad que afloran en cada rincón de la magistral partitura. Dos veces se había escuchado la obra estos últimos tiempos en el Euskalduna (la propia OSE lo hizo con Alina Pogostkina y Stefan Asbury en 2013, la BOS con Guy Braunstein y Yaron Traub en 2014), ambas con más pegada que ésta.

La tuvo en mayor medida la Cuarta (1900) de Mahler, compositor que fue referencia total para Berg y sus camaradas de la Segunda Escuela de Viena, como prueban las palabras de Schoenberg alabando la “inigualable objetividad con que escribe lo que es única y absolutamente necesario” y el poder que tiene su música para que “los acontecimientos alcancen el poder de hablar por sí mismos”. Sin despegar en ningún momento los pies de la tierra, que tampoco la Cuarta es la más trascendente de todas sus sinfonías, Märkl se entregó al disfrute de celebrar cada melodía como si buscase desmentir que en la música de Mahler se produzca el agotamiento definitivo de la cultura romántica. No es la OSE una orquesta con verdadera tradición mahleriana, lo que se hizo notar en el balance general de la interpretación, pero en los mejores momentos tuvo arrestos de sonoridad plena, densa, dotada de cuerpo y hasta de alma, modelando en el movimiento final una línea evanescente sobre la que Zoe Nicolaidou pudo recrearse a placer, con voz preciosa, en la promesa de un paraíso infantil.

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