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Asier Vallejo sobre el programa Vivaldi de la BOS

En Cámara/Críticas Por
Giuliano Carmignola. Foto: © Anna Carmignola / DG
Giuliano Carmignola. Foto: © Anna Carmignola / DG

Deia: “Furor vivaldiano”

Asier Vallejo Ugarte /

 

Palacio Euskalduna. 22-I-2016. Temporada de la BOS. Giuliano Carmignola, violín. Sinfónica de Bilbao. Obras de Vivaldi.

Pese a la revolución que ha vivido la interpretación de la música de Vivaldi estas últimas décadas, su popularidad se sigue debiendo esencialmente a los cuatro primeros conciertos de su colección Il cimento dell’armonia e dell’inventione, conocidos como Las cuatro estaciones y publicados en Amsterdam en 1725. Quien más, quien menos, conocerá alguna grabación de la obra, probablemente la muy difundida de Karajan con Michel Schwalbé (1972), tan masiva como desfasada, o una de las dos ofrecidas por I Musici junto al violinista sestaoarra Félix Ayo (1955, 1959), que fueron de los primeros en buscar para esta música líneas claras, texturas limpias y sonoridades aseadas, pero sin distanciarse excesivamente de la tradición romántica.

Fue Nikolaus Harnoncourt quien cambió por completo la visión que el mundo tenía de estas obras con su grabación de 1977, en la que, además de introducir el uso de instrumentos auténticos, impulsó (con su esposa Alice al violín) una renovación radical en materia las articulaciones, ataques, contrastes, sonido y tempi, allanando el camino para la llegada de los italianos en los años 90: fueron Fabio Biondi con Europa Galante, Enrico Onofri y Giovanni Antonini con Il Giardino Armonico, y Giuliano Carmignola y Andrea Marcon con la Venice Baroque Orchestra. Las cuatro estaciones revivían con acentos muy marcados, con nuevos efectos de color, con frases cortantes y agresivas, con velocidades vertiginosas, con contrastes dinámicos extremos, muchas veces llevados al límite, con gran énfasis en detalles descriptivos como el canto de los pájaros, los truenos de la tempestad o las gotas de lluvia en el invierno, con una energía rítmica desconocida hasta entonces. Y aunque las cosas comenzaron a serenarse y las interpretaciones recuperaron parte de la contención del pasado, ninguna agrupación moderna puede obviar las consecuencias de la revolución de los 90.

No las ha obviado la BOS en su concierto barroco, en el que ha contado con uno de los grandes protagonistas de aquella revuelta, Giuliano Carmignola. Con una veintena de músicos sobre el escenario, fuera de su repertorio natural (hay orquestas especializadas que sacan auténtico fuego de Vivaldi) y en un auditorio con condiciones muy adversas para este repertorio, lució frescura, naturalidad, transparencia y sentido común, para lo que contó con un concertino invitado que se mueve de maravilla en esta música (Massimo Spadano) y, muy especialmente, con un Carmignola imaginativo, hipervirtuoso y vibrante que hizo valer su lugar como uno de los mayores violinistas vivaldianos del presente.

 

 

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