OSE: crítica de Asier Vallejo a “La llama”, de Usandizaga

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Juan Jose Ocon en la sede de la OSE. Foto: Luis Michelena / Diario Vasco
Juan Jose Ocon en la sede de la OSE. Foto: Luis Michelena / Diario Vasco

Deia: “Llama al viento”

Asier Vallejo Ugarte

Alfredo de Echave es presidente de la Sociedad Coral de Bilbao cuando, en 1909, encarga a Jesús Guridi, Santos Inchausti y José María Usandizaga tres nuevas óperas llamadas a impulsar el naciente teatro musical vasco. Con Mirentxu y Mendi Mendiyan, Guridi y Usandizaga aseguran los puntales básicos de toda ópera nacional (la melodía popular y la lengua) y parecen abrir la senda a un futuro muy prometedor, pero los caminos de ambos se separan enseguida y el donostiarra se adentra con Las golondrinas (1914) y La llama (1915) en una estética completamente distinta, una estética de orientación naturalista que domina los teatros de entonces. Pero a diferencia de muchos de los operistas de la época, entre ellos varios representantes de la Giovane Scuola italiana, Usandizaga no desatiende la importancia de la escritura vocal y orquestal, que en La llama parecen estar aún más cuidadas que en Las golondrinas, hasta el punto de convertirse en sus mejores valores. Junto a los conocimientos de polifonía y contrapunto recibidos en la Schola Cantorum de París, en La Llama brotan los deseos de modernidad y de universalidad de un compositor que conoce muy bien la música de su tiempo.

Por eso hubiera sido estupendo escucharla en unas condiciones más favorables, pues en este reestreno promovido por la Sinfónica de Euskadi en el centenario de la muerte de Usandizaga ha habido elementos un tanto lesivos. Realizar una revisión crítica implica tomar una seria de decisiones determinantes y Juanjo Ocón parece haber optado por respetar la amplísima orquestación original, lo que puede ser razonable, pero en una versión en concierto, con la orquesta en el escenario y no en el foso, el resultado fue demoledor para los cantantes, que tuvieron que luchar reiteradas veces contra una marea torrencial. Además la continuidad dramática de la obra se vio mermada por los cortes, aparentemente numerosos, reduciendo al mínimo el interés de la historia que se cuenta en el inane libreto de María Lejárraga.

En cuanto a la interpretación en sí misma, Ocón tuvo instantes de apreciable musicalidad con los que apenas compensó sus aparatosas llamadas a la batalla a las fuerzas de la OSE. Incluso la magnífica Coral Andra Mari, que tiene potencia a mares, se vio ocasionalmente sepultada por la orquesta. Por suerte, tanto Sabina Puértolas como Mikeldi Atxalandabaso, desde las primeras líneas de un eficaz reparto, dieron buenas muestras de su nivel en los momentos más cantábiles de la ópera, que son el resultado de concentrar abundante energía melódica en las partes recitadas, como era habitual en una época no demasiado favorable al desarrollo del teatro musical en todas sus formas.

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