BOS: crítica de Asier Vallejo al programa Martinu, Elgar, Dvorak

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Deia: “Cuarta potencia”

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 20-XI-2014. Temporada de la BOS. Juilliard String Quartet, cuarteto de cuerda. Sinfónica de Bilbao. Director: Erik Nielsen. Obras de Martinu, Elgar y Dvorák.

Martinu compuso La Bagarre (1926) al poco de su llegada a París, lo que se nota en la amalgama de influencias que en ella se pueden adivinar desde la energía rítmica de Stravinski hasta una poética que dirige su mirada al jazz. Para interpretar la obra, que desarrolla una imparable oleada sonora que se adereza con feroces infracciones armónicas, como si hablase de una suerte de tonalidad contraria a la tonalidad tradicional, Erik Nielsen sacó los mejores metales de una BOS pulida como un diamante, ¡qué buena vasalla cuando hay buen señor!

De esta gala se pudo recibir como se merece al mítico Juilliard String Quartet, que camina con paso firme hacia las siete décadas de historia. Durante un tiempo el Juilliard fue conocido por su estilo colérico e impetuoso, un estilo que marcó una época en los cuartetos más importantes del siglo XX, pero sus actuales miembros van abriendo el camino hacia una personalidad más amable. Dio la impresión de que la Introducción y Allegro para cuarteto y orquesta, op. 47 (1905) de Elgar, donde la escritura para las cuatro cuerdas se imbrica con total armonía en el entramado sinfónico, no se pudo tocar con mayor naturalidad, elegancia e incandescencia, de igual forma que en el Concierto para cuarteto y orquesta, H. 207 (1932) de Martinu afloraron a toda luz las raíces líricas propias de un viaje al barroco italiano que atraviesa toda la tradición romántica.

La Octava (1889) de Dvorák, sin gozar de la popularidad de la Novena, tiene una presencia casi masiva en las salas de conciertos, pero es de esas obras felices y de cielo abierto que, por sus melodías luminosas, sus colores vivos, sus brisas populares y sus tonalidades diáfanas, no saturan lo más mínimo. Hay en ella cantos aventados que dan aire a la música y Nielsen, frente a una BOS tremendamente estimulada, los supo prender con iguales dosis de clase y bravura, potenciando una direccionalidad que labró gradaciones monumentales e instantes de una serenidad profunda.

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