Lilli Paasikivi Foto: ©Rami Lappalainen

Lilli Paasikivi
Foto: ©Rami Lappalainen

 

DEIA: “Cantar a la Tierra”

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 16-V-2014. Temporada de la BOS. Lilli Paasikivi, mezzosoprano. Michael Weinius, tenor. Sinfónica de Bilbao. Director: Günter Neuhold. Obras de Schubert y Mahler.

Para su penúltimo concierto como titular de la BOS Günter Neuhold escogió un programa a su medida que contaba con una sinfonía de contornos muy líricos acompañada de una gran composición mahleriana. Normalmente Mahler tiene las de ganar, pues su música es de las que dejan una estela en el ambiente, pero Schubert es un vecino incómodo incluso para él y la Inacabada (1822) no se achica lo más mínimo ante la descomunal Canción de la Tierra. Sus aéreas melodías, prodigiosamente delineadas, sus fluidos desarrollos y sus claroscuros orquestales se hilaron con la mesura y la sobriedad habituales en Neuhold, que lució buena escuela, aunque esa escuela pueda ser poco actual, pues en Schubert ahora suelen verse otros acentos, otros contrastes, otras tensiones y otros juegos rítmicos. Tenía esta Inacabada el sonido de los discos de los setenta, el temple de una tradición de la que van quedando pocos defensores de altura.

De La canción de la Tierra (1908) decía Bruno Walter que se trataba de “la creación más personal de Mahler, y acaso la más personal de toda la historia de la música”. Es una obra de un romanticismo terminal, ultraexpresiva, que lleva al límite la idea de la subjetividad en el arte. El compositor de sinfonías y el compositor de lieder, ambos, se levantan en toda su estatura ante la inmensa partitura. Estamos ante una música escrita en tiempos oscuros, Mahler acababa de perder a su hija mayor, su salud empeoraba de manera despiadada y comenzaba a sentirse ante el inicio del fin. Por eso La canción de la Tierra puede verse como una auténtica confesión personal que se inicia con un canto a los placeres de la vida y termina con una mirada profundamente melancólica ante lo efímero de la existencia humana. Además, su música sintetiza buena parte de las conquistas realizadas durante el romanticismo en los terrenos de la forma, la armonía y el color orquestal.

Tantas cosas es a la vez La canción de la Tierra que para lograr una interpretación realmente redonda deben encajarse muchas piezas. A Neuhold le cuesta transmitir emociones y a veces (así fue en parte) puede resultar frío como un témpano, pero hace valer su autoridad, su conocimiento del repertorio y su capacidad para vertebrar las grandes líneas de fuerza del sinfonismo mahleriano, tres pilares indispensables. La Sinfónica mostró fortaleza y le respondió a una sola voz, potenciando la valentía del tenor Michael Weinius (tenía una infección e hizo lo que pudo) y la expresividad de Lili Paasikivi, que se elevó en unos versos finales emotivos hasta las lágrimas.