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Sociedad Filarmónica: crítica del programa Thomas Hampson con Amsterdam Sinfonietta

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Candida Thompson y Thomas Hampson agradecen desde el escenario de la Sala Fotografía: Klassikbidea
Candida Thompson y Thomas Hampson agradecen desde el escenario de la Sala
Fotografía: Klassikbidea
MUNDO CLÁSICO: “De la densidad al juego”

Joseba Lopezortega

Bilbao, 05/02/2014. Sociedad Filarmónica de Bilbao. Thomas Hampson, barítono. Amsterdam Sinfonietta. Candida Thompson, concertino-directora. Arnold Schoenberg: Noche transfigurada, op. 4. Johannes Brahms: Cuatro cantos serios, op.121, arreglo para barítono y orquesta de David Matthews. Samuel Barber: Dover Beach, arreglo de Marijn van Prooijen. Hugo Wolf: “Serenata italiana en sol mayor, arreglo de M.v.Prooijen, Fussreise y Auf einer Wanderung de los Morike lieder y Der Rattenfänger, de los Gotthe lieder, arreglos de David Matthews. Franz Schubert: Memnon y Geheimes, arreglos de David Matthews. Aforo: 930 localidades. Ocupación: 80%

Arnold Schoenberg tenía 25 años cuando compuso La noche transfigurada para sexteto de cuerda, 43 cuando la revisó para orquesta de cuerda y 69 al volver sobre ella para crear la versión que abrió la noche de la Amsterdam Sinfonietta con Thomas Hampson en la venerable -y muy activa- Filarmónica bilbaína. Entre la primera versión y la interpretada habían transcurrido 44 años, un intervalo muy notable en la escala de una vida humana, y en esos 44 años el compositor y el mundo habían conocido una gran y cruel guerra, el estallido y apogeo de otra, el exilio hacia Estados Unidos de muchos creadores -entre ellos el propio Schoenberg- y, desde luego, una vertiginosa evolución en materia de artes, ciencias y valores ciudadanos y morales. El poema de Richard Dehmel, por lo demás hermoso y potente, era en 1943 un lejano eco decimonónico. La música de Schoenberg, en cambio, continuaba en posesión de una plena vigencia. Todavía la posee y, en la medida en que se desprende del lastre programático del poema inspirador, más.

Esta versión de 1943 es necesariamente menos apasionada y vehemente que el sexteto original o la primera revisión. Amsterdam Sinfonietta, en parte por su dimensión de pequeña formación, hizo una versión desdramatizada, clara y calma; en algunos pasajes fue arrebatadoramente bella, pero nunca enloquecida, nunca furiosa. Sumamente concisa y compacta, esta Noche era un pórtico perfecto para un programa de contrastes, polarizado en una primera parte de exigente densidad por las Cuatro canciones serias de Brahms y en la ligereza y el encanto melódico de Schubert y Wolf, en la segunda parte. La presencia en el programa de Dover Beach, de Samuel Barber, pertenece quizá a otro rango de análisis.

Hampson domina el canto y la escena. Aúna su extraordinaria capacidad para el lied con una sobresaliente carrera operística, y eso le permite contar y transmitir lo que está cantando con una claridad y -aparente- sencillez pasmosas: diciendo. Sus Canciones serias de Brahms fueron cantadas y dichas magistralmente, sentando la cimentación de un programa hecho a la medida de su lucimiento. Dover Beach, originalmente para cuarteto de cuerda y barítono, fue un paréntesis melancólico, debido quizá a la responsabilidad de Hampson como embajador de la canción norteamericana, y fue también uno de los dos arreglos para orquesta de cuerda de Marijn van Prooijen interpretados por Amsterdam Sinfonietta. El segundo fue la Serenata italiana de Hugo Wolf, de largo la obra menos interesante de la velada, leve y vacuamente virtuosa, que dio paso a una alternancia de canciones de Schubert y del mencionado Wolf.

A partir de la Serenata el concierto fue un juego, dominado de extremo a extremo por Hampson. Delicioso, gestual, cómplice, incluso una pizca por demás encantador en Fussreise y sabio y ligero en Auf einer Wanderung, de los Morike lieder de Wolf; con potencia y belleza desarmantes en Memnon y exhibiendo en toda su belleza Geheimes de Schubert, para concluir el programa con un Der Rattenfänger, de nuevo de Hugo Wolf, claramente programado, cantado e interpretado por Hampson como una exhibición y un juego: quizá para completar el recorrido que va de la solemnidad de Brahms al placer fugaz del canto. Una exhibición de poder y dominio del canto.

En ese recorrido, siempre arropado por la excelente Amsterdam Sinfonietta, eficaz e irreprochable sirviendo los eficaces arreglos de David Matthews, Hampson fue tejiendo esa tela de araña que atrae y fascina al público en presencia de un divo que sabe que lo es y a quien no se cuestiona: cantó en cada momento en figura. Un paseo. Volvió a Wolf en su primera propina, y después hizo el bellísimo Lied des Verfolgten im Turm del Des Knaben Wunderhorn de Mahler, parte de un repertorio que domina hasta extremos fascinantes.

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