OSE: crítica de Asier Vallejo al programa Fauré, Rodrigo, Chaikovski

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El guitarrista Miloš Karadaglić. Foto: Margaret Malandruccolo
El guitarrista Miloš Karadaglić.
Foto: Margaret Malandruccolo
DEIA: Descenso al silencio

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 29-I-2014. Temporada de la OSE. Miloš Karadaglić, guitarra. Director: Michael Francis. Obras de Fauré, Rodrigo y Chaikovski. 

La Sinfónica de Euskadi se estrenó en 2014 con un programa absolutamente ganador y sin mácula posible. La claridad y la mesura de la suite de Masques et bergamasques (1919) de Gabriel Fauré pueden relacionarse con la elegancia y el refinamiento que tradicionalmente han articulado la música francesa. Ni una sola nota se eleva sobre las demás. Sus cuatro movimientos se inclinan hacia el orden, hacia la armonía, hacia la serenidad, dejando ver ecos de un neoclasicismo que entonces comenzaba a abrirse paso.

Fue un muy buen pórtico para el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, que es una obra redonda de inicio a fin, aunque la inmensa fama de su Adagio haya eclipsado el valor de sus movimientos extremos. Lo compuso en París en 1939, sin prever acaso el marasmo cultural en el que se convertiría la España de la posguerra, a la que volvería en solo unos meses. Como obra de dimensión universal ha atraído a grandes guitarristas internacionales y en ella hay nombres (Narciso Yepes, John Williams) marcados con auténtico fuego. El montenegrino Miloš Karadaglić, que acaba de grabarla con Yannick Nézet-Séguin y la Filarmónica de Londres para Deutsche Grammophon, demostró el miércoles que su guitarrismo es de los que dejan una estela en el aire. Tiene personalidad, carisma y talento de sobra. Aranjuez puede deberle mucha popularidad durante los próximos años.

Michael Francis fue para Miloš un atento acompañante, aireó ecos populares y trató de no romper el clima de paz que venía de Fauré. Pero en la Sexta de Chaikovski se armó de intensidad y cambió drásticamente el rumbo del concierto, pues de nada serviría contemplar de lejos una de las partituras más sombrías, estremecedoras y dramáticas de la historia de la música. Francis se movió en un mundo de luces y de sombras, de contrastes extremos, atestado de pianissimi y de fortissimi, sin verse disminuido ante el enorme patetismo que exhala esta música.

Hiperexpresivo en el movimiento inicial, que emerge de profundidades siniestras, ni siquiera en el Allegro con grazia quiso eludir esa sensación de inexorabilidad. El Allegro molto vivace, con los timbales rugiendo como leones, tuvo el carácter de una verdadera marcha macabra, y el Adagio lamentoso, ruptura radical con el universo formal de la sinfonía romántica, descendió al abismo tras instantes de una angustia abrumadora. Silencio de ultratumba en la sala: la extinción del sonido fue total.

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