Bergen Philharmonic Orchestra
Edward Gardner, director
Brahms: Sinfonías 2 y 4
CHANDOS, enero de 2026
Pablo Suso / El paseo por los nuevos lanzamientos del mercado discográfico no se asemeja al de un viaje por una sinuosa carretera de montaña llena de sorpresas, sino más bien a la travesía por una larga y eterna recta en la que lo más costoso es mantenerse espabilado. La ausencia de riesgo y la visita obsesiva al trillado «repertorio» son la norma.
Claro que en ocasiones, mientras saltas de disco en disco con la misma atención que un adolescente mira reel tras reel, uno se topa con algo que le despierta y le hace dudar. Pues es precisamente lo que me ha sucedido al encontrarme con este registro de la orquesta Bergen y su director honorario, Edward Gardner. Llevo siguiendo su trabajo desde hace años y me parece admirable la insistente labor discográfica en todo tipo de repertorio – Nielsen, Berio, Janacek, Schoenberg, Bartok, Britten, Sibelius… -. Precisamente esa labor continuada es la que me ha llevado a detenerme y aprovechar para revisar y cuestionar mi conocida y empecinada opinión sobre el abuso de este repertorio, una nueva oportunidad para confrontar mis ideas y teorías al respecto. Intento descubrir cuál es el motivo que lleva a alguien, ya sea director, orquesta o discográfica, a plantearse el mero hecho de grabar el inagotable repertorio de siempre que a fuerza de repetirlo acabará agotando al mayor de los melómanos.
Entrando ya en materia, si algo puede definir a estas sinfonías de Brahms es una serenidad que puede considerarse cercana a la tristeza, a la melancolía. Las certeras notas que acompañan a la grabación, debidas al profesor Nicolas Marston, nos recuerdan cómo se incide en que los recursos armónicos de la Segunda sinfonía recuerdan a la Pastoral de Beethoven, casi como si Brahms tuviera que pedir permiso a la obra de Beethoven para su propia existencia, como si no tuviera entidad por si mismo. Pero lo que nos atrae, en definitiva, es la melancolía. Esta sinfonía nos ayuda a regodearnos en la misma y a transcurrir entre sus olas sentimentales, en su aroma a tristeza. Tristeza que no tiene que llevarnos a la amargura sino que, en su medida, nos acerca más al gozo: quién no alcanza el placer transitando por ella. De ahí que ese tránsito culmine en el último movimiento, la tristeza no tiene por que llevarnos a la desesperación, podemos acunarnos en ella para alcanzar la gloria del disfrute absoluto.
En los movimientos primero y cuarto de la cuarta sinfonía se prolonga ese sentimiento melancólico, dejando atrás el aparente éxtasis propiciado por el tercero. Es quizás en el cuarto movimiento donde más se percibe el dolor. En su forma de chaconne o passacaglia, Brahms nos hace transitar por el sentimiento romántico en todo su esplendor, en el que irremediablemente nos abandonamos en la belleza del sufrimiento. Las llamadas del timbal que nos recuerdan el destino que a todos nos espera y aguarda tras cualquier esquina, el bellísimo solo de flauta, maravillosamente interpretado aquí, que nos conduce fielmente a las puertas ese finale, lugar y destino del dolor por el amor perdido, dolor de la soledad y silencio que permanece tras la muerte, tras el abandono absoluto. Todo eso y más es Brahms en esta sinfonía. La alegría y la exaltación nos distraen para llevarnos mansamente al lugar que nunca debíamos haber abandonado.
Pero ¿qué es lo que sorprende en este registro? Precisamente ver plasmado todo lo descrito anteriormente, encontrarlo perfectamente perfilado por los de Bergen de la mano de su director. Su cuidado sonido, el equilibrio entre dinámicas y el control y alejamiento de la exageración son señas características del trabajo del Maestro Gardner.
Al final uno se conforta con la emoción contenida que, no dando lugar a la hipérbole, incita a mantener el aliento para liberarse en los medidos fortísimos concluyentes o en los pasajes en pianísimo que permiten que el sonido se aleje suavemente y sin sobresaltos en el horizonte de un día en calma. Encontramos un equilibrio orquestal en el que la cuerda no se ve sometida y, en el fondo, no es ni más ni menos que una interpretación brillante pero con un sonido aterciopelado, dulce y redondo en todas las secciones orquestales. Se agradece especialmente la búsqueda de ese equilibrio por encima de otras cualidades. Cada día ofenden más los extremos; en todos lo ámbitos de la vida, pero sobre todo en la música.
Grabadas en junio de 2023, la Segunda, y en junio de 2024, la Cuarta, hay que elogiar el trabajo de los productores e ingenieros de Chandos (Ingo Petry, Stephan Reh, Brian Pidgeon y Ralph Couzens) en este cuidado producto en el que además queda patente que poder grabar en la sede estable de la orquesta siempre es una garantía para el éxito de cualquier proyecto discográfico.
En definitiva, invito a disfrutar sin recelos, como los que yo tenía, de este cuidado producto. Mientras tanto me sumerjo en sus otros dos registros de obras de Brahms, las sinfonías 1 y 3 y el Requiem alemán, dejando para más adelante la ópera Salomé de Richard Strauss.







