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Werther en Bilbao: una tragedia a medio camino

Foto: ©Enrique Moreno / ABAO Bilbao Opera

 

Bilbao, sábado 17 de enero de 2026. Palacio Euskalduna. Werther, drama lírico en cuatro actos con música de Jules Massenet y libreto en francés de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann, basada en la novela epistolar Los sufrimientos del joven Werther (Die Leiden des jungen Werthers), de Goethe. Fue estrenada en el Hof-Operntheater en Viena el 16 de febrero de 1892, en una versión en alemán traducida por Max Kalbeck.

Werther, Celso Albelo. Charlotte, Annalisa Stroppa. Sophie, Lucía Iglesias. Albert, Ángel Ódena. Le Bailli, Enric Martínez-Castignani. Schmidt, Josu Cabrero. Johann, José Manuel Díaz. Bruhlmann, Martín Barcelona. Kathchen, Olga Revuelta.

Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Dirección musical, Carlo Montanaro. Coro infantil, Leioa Kantika Korala. Director del coro, Basilio Astúlez. Maestros repetidores, Itziar Barredo e Iñaki Velasco.

Dirección de escena, Rosetta Cuchi. Escenografía, Tiziano Santi. Iluminación, Daniele Naldi. Vestuario, Claudia Pernigotti. 

Producción: Teatro Comunale di Bologna. 74ª Temporada de ABAO Bilbao Opera.

 

JUAN CARLOS MURILLO

El estreno de Werther de Jules Massenet en Bilbao el pasado 17 de enero puso de manifiesto hasta qué punto esta ópera exige un trabajo finísimo en los matices, las transiciones y la progresión dramática. Werther no admite soluciones fáciles: comienza ya en un grado elevado de intensidad emocional y apenas concede margen para crecer sin caer en la monotonía o en el exceso. Encontrar ese equilibrio fue, precisamente, uno de los principales retos —no siempre resueltos— de la producción presentada.

La función se percibió claramente dividida en dos mitades bien diferenciadas. Una primera parte irregular, algo plana y de desarrollo poco fluido, y una segunda notablemente más conseguida, incluso muy estimable en algunos pasajes. Esa evolución, lejos de pasar desapercibida, condicionó de forma decisiva la impresión global, dejando la sensación de una propuesta que solo termina por encontrar cierta densidad expresiva cuando la ópera ya ha avanzado considerablemente.

Desde un punto de vista dramatúrgico, el Werther de Massenet —tan discutido en su momento por su reinterpretación del modelo goethiano— desplaza el foco hacia Charlotte, convertida aquí en personaje central. La ópera puede entenderse como una sucesión de grandes escenas, de cuatro dúos entre ambos protagonistas, pero es Charlotte quien experimenta un verdadero desarrollo psicológico. En este sentido, la representación bilbaína confirmó con claridad esa lectura.

La mezzosoprano Annalisa Stroppa fue el eje más sólido de la función. Su Charlotte, especialmente a partir del tercer acto, ganó en densidad expresiva y verdad dramática, alcanzando momentos de notable intensidad emocional. La escena de las cartas se situó entre los puntos más altos de la velada, con una Stroppa capaz de articular la tensión interior del personaje sin recurrir al subrayado excesivo. También resultó especialmente lograda su intervención junto a Lucía Iglesias en el dúo de “la risa y las lágrimas” del tercer acto, uno de los pasajes más delicados y emotivos de la partitura.

La soprano lucense ofreció una Sophie bien cantada, viva y musical, destacando tanto en su aria del segundo acto como, sobre todo, en su interacción con Charlotte, donde aportó frescura, lirismo y un fraseo cuidado que enriqueció notablemente la escena.

Más controvertido resultó el Werther de Celso Albelo. Vocalmente entregado y comprometido, construyó un personaje de gran intensidad, aunque no siempre suficientemente matizado. En los primeros actos, su canto tendió a moverse entre un piano expresivo algo uniforme y unos estallidos en forte poco graduales, lo que afectó a la progresión dramática del personaje, a menudo resuelta más por el arrebato que por una verdadera evolución expresiva, condicionado, por decisión de la dirección escénica, a intervenir desde un plano escénico identificado con el cuarto acto. Sin embargo, en la segunda mitad de la ópera —en el tercer y cuarto actos— su interpretación ganó en coherencia y credibilidad. El célebre “Pourquoi me réveiller?” fue uno de los momentos más celebrados por el público, aunque dejó también la impresión de una expresividad basada más en la exaltación que en el detalle.

La dirección musical ofreció una lectura correcta y profesional y la orquesta respondió con solvencia. La primera parte adoleció de cierta falta de tensión y continuidad expresiva, con un pulso dramático excesivamente contenido, mientras que la segunda mostró dinámicas más claras, transiciones más perceptibles y una mayor implicación emocional. Este contraste reforzó la sensación de desigualdad entre ambas mitades, si bien permitió que los momentos culminantes alcanzaran una intensidad apreciable.

La puesta en escena apostó por un enfoque simbólico basado en el desdoblamiento del protagonista entre el recuerdo y la acción. La idea, interesante en principio, no siempre terminó de funcionar en la práctica. Algunos recursos —como la constante presencia del Werther del recuerdo o ciertos juegos de planos narrativos separados— resultaron confusos y, en ocasiones, acabaron por entorpecer más que clarificar el discurso escénico, restando fluidez al desarrollo dramático. Con todo, los actos tercero y cuarto, más concentrados espacialmente, funcionaron mejor y permitieron una mayor continuidad escénica.

Cumplieron adecuadamente el resto de los intérpretes, con un Albert correcto, aunque poco destacado, un Le Bailli funcional y un dúo de Schmidt y Johann bien resuelto, aportando el necesario contrapunto ligero. Destacó positivamente el coro infantil, eficaz en su papel narrativo y especialmente acertado en el contraste final con la escena de la muerte del protagonista, uno de los elementos más conmovedores de la obra.

En conjunto, este Werther bilbaíno se sitúa en un terreno intermedio: una propuesta que ofrece momentos de auténtico interés y emoción —concentrados sobre todo en su segunda parte—, pero que no logra una coherencia plena ni la intensidad sostenida que la obra demanda. Una versión irregular, salvada en buena medida por las intérpretes femeninas, que permitirá al aficionado reencontrarse con páginas emblemáticas de Massenet, aunque difícilmente dejará una huella profunda en quienes busquen una lectura verdaderamente trágica y plenamente matizada de esta gran ópera romántica.

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