Robert Treviño. Foto: ©Quincena Musical- Iñigo Ibáñez

Mundoclasico: Torreones y mazmorras

Joseba Lopezortega / 

San Sebastián, 24 de agosto de 2019. 80ª Quincena Musical. Auditorio Kursaal. Pablo Sorozábal: Suite Vasca op.5. Ravel: Gaspard de la Nuit. Bartok: El castillo de Barba Azul. Rinat Shaham, mezzosoprano. Mikhail Petrenko, bajo. Coro Andra Mari (Andoni Sierra, director de coro). Orquesta Sinfónica de Euskadi. Robert Treviño, director. Aforo: 1806. Ocupación: 80%.

El castillo de Barba Azul es una obra colosal y Treviño la ofreció con gran intensidad sonora y con muy fuertes contrastes: de su mano, el claustrofóbico relato iba oscureciéndose a medida que las puertas del castillo se abrían, hasta alcanzar una negrura y un terror de una pureza como sólo se paladean a través de los cuentos. Cómodo en el interior del castillo, disfrutando con un material sonoro e ideológico fascinantes y de vigencia pasmosa, habitaba un Treviño arrollador, muy protagonista y poseedor –claramente- de una visión perfilada y clara de la ópera de Bartok. El precio de una versión tan suya y tan enfática fue que no pocas veces pareció olvidar que tenía, a sus espaldas, a una señora y un señor cantando. Cantando muy bien, por cierto.

Rinat Shaham fue una excelente Judith. Mezzo de ley, con capacidades tanto en graves como en agudos, Shaham transmitió a la perfección la fatal mezcla de firme determinación y extrema vulnerabilidad que caracterizan su personaje. Su voz no es particularmente bella, pero colmó el personaje. Mikhail Petrenko es un bajo con clase, mostró una voz no especialmente potente pero sí bien emitida. Ofreció un duque distante e inmisericorde, incapaz de luchar contra su propia fatalidad: tras su desmesurado afán de posesión y su egoísmo se esconde una abismal impotencia, y ese carácter lo convierte en un estereotipo de penosa actualidad. Ahora sumen una orquesta entregada y rayando a gran altura, un maestro temperamental y una obra tan delicada y terrible y la suma quedará hecha: el auditorio escuchaba encerrado en un puño. Lástima que Shaham y Petrenko fueran tapados por Treviño en bastantes momentos. Con todo, este Castillo fue difícil de olvidar.

El castillo de Barba Azul tiene enjundia más que suficiente como para poder ofrecerse sin compañías, con su duración en torno a los sesenta minutos, pero parece que los programas deben alargarse por encima de cualquier consideración, así que también en este caso hubo una primera parte en el programa, constituida por la Suite Vasca de Sorozábal y la orquestación de Marius Constant sobre Gaspard de la nuit, de Ravel. Creo que esta orquestación, que yo no conocía, remite ante todo a la magnífica literatura pianística del compositor labortano; y recuerda en consecuencia que él no quiso orquestarla. A la vista del resultado logrado por Constant, sus razones tenía. Treviño, por su parte, transmitió en todo momento la sensación de estar esperando al Castillo.

Por delante de Gaspard de la nuit, la Suite Vasca de Sorozábal, completando un programa al que no es fácil encontrar un sentido, salvo dar continuidad, siquiera a través de un filamento, a la vocación por la música sinfónico-coral enunciada alguna vez desde Quincena, y al mismo tiempo introducir en el Kursaal, al cabo la sala estrella de Quincena, una obra vasca. Creo, en definitiva, que la obra de Sorozábal jugó el papel de un relleno algo forzado, que incluso fue cambiado de orden de interpretación respecto al programa anunciado, en el que iba a seguir al Gaspard de Ravel/Constant. Cambiar el orden fue, desde luego, una buena idea, pero aún así la Suite se escuchó desamparada, convirtiendo la aportación de la Coral Andra Mari en un paso injustamente liviano, casi en un trámite. Andra Mari lo hizo muy bien, hay que dejar constancia, pero la Suite Vasca parecía no importar gran cosa ni a Treviño ni a Quincena.