Daniel Harding. Foto: © Quincena Musical- iñigo Ibáñez

Mundoclasico: “Un viaje más allá de los presagios”

Joseba Lopezortega / 

San Sebastián, 20 de agosto de 2019. 80ª Quincena Musical. Auditorio Kursaal. Beethoven: Sinfonía número 6. Berlioz: Harold en Italia. Antoine Tamestit, viola. Orquesta de París. Daniel Harding, director. Aforo: 1806. Ocupación: lleno.

Sobre Daniel Harding pendieron, siendo él muy joven, los más encendidos presagios. Aquellos presagios, afortunadamente, no se han convertido en losas, y Harding ha madurado como un músico libre y creativo de solvencia, aunque me pregunto si a la altura antaño vaticinada. La Orquesta de París, por su parte, es opulenta: en su vestimenta, en su arpa, en su sonido no exento de una carnalidad elegante, personal y sublimada… Estos fueron los elementos protagonistas de un concierto sinfónico de desigual interés, en el que la archiconocida Pastoral adoptó la forma de un poliedro, con diversidad de enfoques, con diversas irregularidades y claros altibajos, y Berlioz en cambio fue apasionante pese a los denodados esfuerzos del viola solista, Tamestit, por banalizar tan exigente partitura.

La Pastoral es una sinfonía maravillosa y desde luego ideal para tomar la temperatura a una orquesta, pero a estas alturas de mi vida se me ocurren posibilidades mucho más atractivas para confeccionar un programa para una gira, máxime en compañía de una obra tan apasionante y poco frecuentada como Harold. Orquesta y maestro sabrán, en fin, sus razones para girar ese programa, pero la número 6 de Beethoven casi fuerza a buscar –o rebuscar- un enfoque que personalice y justifique su inclusión en un programa a estas alturas de la partida y tras tantas diferentes aproximaciones como atesora –y no en pocos casos meramente almacena- el sinfonismo beethoveniano.

Para construir su propia versión, Harding contaba con el carácter y el sonido propios de la orquesta francesa: excelentes maderas y unas cuerdas homogéneas y caprichosas, principalmente. Dando rienda a los músicos en perjuicio de la precisión, Harding hizo un primer movimiento meramente correcto, después un Andante manierista y algo rebuscado, incluso afectado, un Allegro poderoso, una tormenta rotunda y un último movimiento de acusado preciosismo. Fue como escuchar varias diferentes pastorales en sólo una interpretación, de lo que intento dar fe con la pulcritud de un notario antes de exponer mi propia opinión, para que cada uno se rumie si ese prisma enriquece o distorsione una obra tan, tan amortizada. A mí no me gustó esta Pastoral, camerística y cambiante; pero entiendo, cómo no, que pueda encandilar a espíritus menos encallecidos que el mío.

En Harold en Italia disfruté muchísimo más. Escuché a una orquesta potente y comprometida, y vi trabajar a un maestro de una calidad por encima de lo corriente: expresivo, preciso, de gesto amable, elegante y compensado, un maestro interesado en sacar a la luz todo aquello que hay en Harold del Eulenspiegel por venir: audacia, insolencia, oxígeno y color (¿lo tuvo la Pastoral?), modernidad sin duelo; un Berlioz que mira al futuro y de hecho, en buena medida, conduce hacia su inexorable apertura. Me encantó la versión de Harding y me encantó el trabajo de la Orquesta de París. En cuanto a Tamestit, el viola, merece sin duda un párrafo aparte.

Es desde luego un instrumentista con capacidad para servir a esta partitura en la que su instrumento, siendo protagonista, no es solista, sino una herramienta que se pliega al relato global de Berlioz, mucho más interesante que su parte y en absoluto a su servicio. Pues oigan: en lugar de estarse quietecito en su sitio, Tamestit se pasó toda la obra deambulando por el escenario, de aquí para allá, como un guía capitalino en temporada alta. Qué quieren: en cuanto comprendí que no sólo accedía teatralmente al escenario, flirteando tontamente con el arpa, sino que iba a moscardonear durante toda la obra, lo único que sentí fue un estupor que dio paso a un creciente cansancio, dado mi esfuerzo por lograr olvidarme de él. Lo logré sólo en parte. 

Su abordaje, propio quizá de un concierto para colegiales iniciandos, me pareció severo menoscabo para la calidad de una obra que no necesita de ese tipo de expedición para narrar un viaje, tarea que ya resolviera venturosamente el propio Berlioz. Llegados al final del cuarto movimiento, Tamestit se escurrió para ascender a la zona alta del magnífico auditorio donostiarra, sin que la partitura haga la mínima indicación a ese respecto. Supongo que el maestro Harding le dijo a Tamestit “sí, sí, haz lo que quieras”. En este punto, yo calculaba para mis adentros la altura de la caída. Pero, pese a la conversión del trabajo del viola en una digresión, Harold en Italia mostró de nuevo en Kursaal al Berlioz mejor y maravilloso que gusta tanto en San Sebastián, ciudad que periódicamente programa su obra para general gozo.