Foto: ©E. Moreno Esquibel ABAO-OLBE

Nora Franco Madariaga /

Bilbao, 27/11/2018. Euskalduna Jauregia. 67 Temporada de ABAO-OLBE. Fidelio de Ludwig van Beethoven. Libreto adaptado al alemán por J. von Sonnleithner, S. von Breuning y F. Treitschke sobre el drama francés Léonore, ou l’amour conjugal de Jean-Nicolas Bouilly. Estreno: Theater an der Wien de Viena, 1805 y Kärntnertortheater de Viena, 1814.

Leonore/Fidelio – Elena Pankratova; Florestan – Peter Wedd; Rocco – Tijl Faveyts; Marzelline – Anett Fritsch; Jaquino – Mikeldi Atxalandabaso; Don Pizarro – Sebastian Holecek; Don Fernando – Eglis Silins; Prisionero 1 – Manuel Gómez Ruiz; Prisionero 2 – Felipe Bou; Bilbao Orkestra Sinfonikoa; Coro de Ópera de Bilbao; Dirección de coro – Boris Dujin; Dirección musical – Juanjo Mena; Dirección de escena – José Carlos Plaza; Dirección de escena de la reposición – Gregor Acuña-Pohl; Asistente de dirección de escena – Amada Ríos; Escenografía e iluminación – Francisco Leal; Iluminador de la reposición – Óscar Sainz; Vestuario – Pedro Moreno; Coach de dicción lírica – Rochsane Taghikhani; Maestro repetidor – Miguel N’Dong; Producción – Teatro Maestranza de Sevilla.

 

Mil y una noches, como en el cuento, pero de ópera. Mil y una veladas disfrutando del buen hacer de ABAO a lo largo de 67 temporadas. Y llegan a este número (al 1000, para ser más exactos y redondos) con Fidelio, la única ópera de Beethoven; una obra sobre la que el músico de Bonn trabajó durante más de diez años, siempre insatisfecho con el resultado, peleando con una sordera que ya se sentía irrefrenable, tropezando con una frustrante torpeza para lo teatral y a caballo entre un clasicismo que ya definitivamente le oprimía y un incipiente romanticismo que aún no encontraba su vehículo de expresión. Una obra de difícil alumbramiento pero clave en la historia de la música que sirve quizá de alegoría para esta celebración de ABAO.

Y para esta ópera tan compleja y tan poco representada, un elenco prácticamente desconocido. La soprano rusa Elena Pankratova, en el papel de Leonore/Fidelio, actuaba por primera vez en el escenario bilbaíno ofreciendo una voz con mucho cuerpo y volumen, de extenso fiato, bien coloreada tanto en el registro medio-grave –tan necesario en este rol travestido– como en el agudo. En resumen, una voz envidiable que supo desarrollar con gran musicalidad sus largas, complicadas y a ratos áridas arias pero a la que, tristemente, le faltó transmisión.

Igualmente bella aunque más ligera, como corresponde al papel de Marzelline, la voz de la también debutante Anett Fritsch, con una emisión clara pero carnosa que lució con acertado fraseo y algo más de fortuna interpretativa.

Los papeles masculinos del elenco, salvo alguna excepción, estuvieron al mismo buen nivel. El trabajo de Sebastian Holecek como Don Pizarro, con una vocalidad grave, oscura y profunda pero muy bien dibujada, fue uno de los más aplaudidos de la velada, destacando por una interpretación algo forzada pero no exenta de frescura y desparpajo.

También fue muy bien acogido por el público el tenor Mikeldi Atxalandabaso, que cantó el papel de Jaquino con ese inconfundible timbre brillante de fácil proyección al que nos tiene acostumbrados (uno de los pocos intérpretes de esta producción conocidos de antemano por el público de ABAO), aunque sobresaliese en exceso en algunos momentos como el concertante final del primer acto.

Eglis Silins, que tan buenas sensaciones dejó el pasado febrero en su interpretación de Johanaan en la ópera de Strauss Salome, volvió a demostrar que posee una voz de bajo-barítono cálida, amplia y aterciopelada; sin embargo, en esta ocasión el personaje de Don Fernando pasó desapercibido pese a su canto elegante y sin artificios. Algo similar ocurrió también con el bajo Faveyts, quien exhibió voz flexible, liviana, de dicción clara y excelente técnica, pero muy limitado por una actuación completamente estática e inexpresiva.

La elección vocal menos acertada fue la del tenor Peter Wedd para el rol de Florestan. Correcto pero escaso de volumen, resultó poco convincente tanto en canto como en expresión, por mucho que se le observasen notorios –pero infructuosos– esfuerzos por llegar al público.

Bien es cierto que esta falta de emoción fue algo generalizado por lo que seguramente sea achacable a la dirección escénica de José Carlos Plaza (Gregor Acuña-Phol en esta reposición) o, mucho más probablemente, a la dirección musical de Juanjo Mena, que ofreció una versión blanda y poco coherente que no invitaba a la expresividad.

La versión presentada por el Maestro vitoriano, buen conocedor de la partitura, sorprendió por su estilo clásico y en general poco energético, tal vez más cercana a la primera versión de 1805 que a la del Beethoven prerromántico de 1814. Se echó de menos un mayor trabajo de conjunto que destacase la elevada trascendencia interna de la obra y pusiese de relieve el fuerte contenido extramusical enmarcado en el idealismo alemán, dejando en numerosos momentos a los cantantes sobre el escenario sin una dirección firme e incómodos en unos tempi no siempre adecuados a la voz. También chirrió –literal y figuradamente– un final totalmente desproporcionado en velocidad y volumen, que casi echa por tierra el excelente trabajo del coro, que había estado hasta ese momento bien empastado y ajustado vocal y musicalmente durante toda la obra aprovechando las bellísimas partes corales que dispuso Beethoven, y que dejó al propio Mena exhausto y abandonado a un absurdo frenesí musical totalmente incoherente.

Sin embargo, en el foso sonó de forma espectacular la BOS en todo momento. Redonda, bien compenetrada y equilibrada, dejó asomar las numerosas melodías, los contrastes rítmicos, el atrevido lenguaje armónico y los brillantes colores instrumentales, dejando para el recuerdo una versión impecable de la obertura Leonora, sólo algo empañada por un excesivo movimiento en escena que no aportaba nada a la suficientemente simbólica escenografía de Francisco Leal y que, sin embargo, distraía de la fabulosa música que desgranaba la orquesta. Una música que hace comprender cómo una sola ópera bastó para inspirar a Wagner y para señalar a Beethoven entre los que han contribuido a enriquecer la historia de la ópera. Una música que nos hace desear seguir disfrutando mil y una noches más.