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I masnadieri: bollería industrial

En Críticas/Ópera Por
Foto: Enrique Moreno Esquibel para ABAO-OLBE

Nora Franco Madariaga/

 

Bilbao, 21/10/2017. Euskalduna Jauregia. 66 Temporada de ABAO-OLBE. I masnadieri de Giuseppe Verdi. Libreto de Andrea Maffei basado en Die Räuber de Friedrich von Schiller. Estreno: Teatro de Su Majestad en Londres, 1847.
Carlo – Aquiles Machado; Amalia – Marta Torbidoni; Francesco – Vladimir Stoyanov; Massimiliano – Mika Kares; Arminio – Juan Antonio Sanabria; Moser – Petros Magoulas; Rolla – Alberto Núñez; Bilbao Orkestra Sinfonikoa; Coro de Ópera de Bilbao; Dirección de coro – Boris Dujin; Dirección musical – Miguel Ángel Gómez Martínez; Dirección de escena – Leo Muscato; Escenografía – Federica Parolini; Iluminación – Alessandro Verazzi; Vestuario – Silvia Aymonino; Producción –Teatro Regio di Parma.

Comienza una nueva temporada de ópera en ABAO-OLBE y lo hace con uno de los últimos títulos de este titánico proyecto Tutto Verdi, donde se descubren gratas sorpresas como la desconocida Stiffelio de la temporada pasada, pero también anodinos pastiches como el de I masnadieri que, con aspiraciones a melodrama, se quedó en folletín de rocambolesco argumento.

Basado en una obra de Schiller, el argumento sin duda cautivó a Verdi, tan comprometido políticamente. En 1847, en plena reunificación italiana, a punto de desatarse una ola revolucionaria que atravesaría Europa al año siguiente, el brigantaggio, el bandolerismo, tratado desde una visión romántica, tuvo que resultar muy atractivo a los ojos de Verdi.
La elaboración del libreto quedó en manos de Andrea Maffei, buen amigo del compositor que, aunque buen poeta, a las claras está que no tan buen libretista. Tal vez por la falta de experiencia de Maffei con la ópera, por un exceso de confianza de Verdi en su amigo, o por cualquier otra razón que se nos escapa, el libreto de I masnadieri y, especialmente, su inverosímil y precipitado final, no están a la altura de otras producciones verdianas.

Y tampoco musicalmente. A pesar de que comienza con una cuidada obertura belcantista en la que Verdi cede la voz al cello –deliciosamente interpretado por Diego Val, solista de la BOS–, la ópera carece de esas arias inspiradas que encontramos en otras obras del de Busseto. Llena de fragmentos que recuerdan a otras de sus piezas, como si se tratase bien de un boceto, bien de un plagio de sí mismo, bien de una especie de patchwork de sobras y retazos de obras de más enjundia, la ópera –compuesta en los años de galeras, no lo olvidemos– es un “quiero y no puedo” que deja entrever pasajes de gran belleza melódica entre cabalettas interminables y arias no muy bien resueltas.

Endebles mimbres que podrían haber compuesto un cesto aceptable en unas buenas manos, pero tampoco ayudó a dar cohesión la dirección de Gómez Martínez, un tanto rígida y de tempos poco adecuados que, como en el juego de las siete y media, o se pasaban o no llegaban, que lo mismo eran tan lentos que dejaban al solista totalmente expuesto y sin aire como tan precipitados que los cantantes apenas conseguían balbucear el texto. Afortunadamente, la BOS se mantuvo elegante en todo momento y trató de aportar la fluidez y el calor que las voces necesitaban desde la escena.

De la misma forma, la escenografía de Federica Parolini para el Teatro Regio di Parma apenas estaba definida por unos paneles, un entarimado, unos troncos de árbol, unos candelabros y dos o tres piezas de mobiliario; un conjunto más simple que sencillo que, con la acertadísima iluminación de Alessandro Verazzi, hubiera tenido recorrido bajo una buena guía, pero la dirección escénica de Leo Muscato resultó muy insuficiente en el mejor de los casos.

En cuanto a los solistas, vaya por delante que, en estas circunstancias, su trabajo fue muy meritorio, fuera cual fuese el resultado, y más aún teniendo en cuenta las cancelaciones del tenor Vincenzo Costanzo y las sopranos Carmen Ginnatasio en un primer momento y Federica Vitali casi inmedatamente después de anunciarla como suplente.

Finalmente, el conocido tenor Aquiles Machado, en el papel protagonista de Carlo, lució su timbre claro y de bello color pero, aunque sin llegar a estar forzado en el registro agudo, sonó algo justo y vocalmente fatigado y de una interpretación muy plana. Por su parte, el barítono Vladimir Stoyanov en el rol de Francesco aportó una voz brillante de gran legato que, aunque ofreció un personaje bien definido en lo musical, su presencia escénica resultó bastante irregular.

Tras las cancelaciones anteriormente mencionadas, debutaba en ABAO como Amalia la soprano Marta Torbidoni, en un papel difícil e ingrato que supo desarrollar vocalmente de manera elogiable con una voz muy limpia de amplio fraseo aunque escasa de color. Pero, si bien flotó por encima de las numerosas dificultades de la partitura, no supo transmitir emoción y llegar a un público que, a pesar de que valoró la complejidad de la obra en sus aplausos, no recibió a cambio ese arrebatamiento que pedían algunas de las arias.

El bajo Mika Kares, que ya se ganó al público bilbaíno en Don Carlos, lo volvió a hacer en esta ocasión como Massimiliano Conde Moor. A pesar de que se echan de menos en su voz unos graves de mayor profundidad, demostró una vez más su calidad en los papeles verdianos. Estuvo especialmente acertado en los dúos y, haciendo gala de dotes interpretativas, mostró en escena un carisma difícilmente igualable por el resto del elenco.

En los papeles secundarios, correcto el tenor Juan Antonio Sanabria como Arminio, aunque un poco escaso de volumen; igualmente correcto el también tenor Alberto Núñez en el papel de Rolla, con más brillo pero menos redondez. Mejor el barítono griego Petros Magoulas como Moser, aunque tampoco él destacó.

El cuanto al coro, muy bien el interno, con una afinada cappella. El coro masculino, con gran presencia escénica, sonó solvente y empastado (mejor barítonos que tenores) aunque muy atropellados en los textos, probablemente por los tempi tan agitados que escogió el Maestro Gómez Martínez. También su actuación resultó atropellada, dejando en evidencia la falta de dirección de Leo Muscato.

En definitiva, una ópera anodina, un “más de lo mismo” que nos dejó con el mismo regusto pastoso e insípido de la bollería industrial.

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