El maestro Andrew Gourlay. Foto: © Natalia Espina López

El maestro Andrew Gourlay. Foto: © Natalia Espina López

Deia: “Colores”

Asier Vallejo Ugarte

 

Palacio Euskalduna. 16-IV-2015. Temporada de la BOS. Stanislav Khristenko, piano. Sinfónica de Bilbao. Director: Andrew Gourlay. Obras de Wagner, Liszt y Rimsky-Korsakov.

Durante las temporadas que siguieron a su desembarco en el Palacio Euskalduna la ABAO subió a escena varias de las obras más importantes de Wagner, desde las tres óperas románticas (El holandés errante, Tannhäuser, Lohengrin) hasta un ciclo completo de El anillo del Nibelungo y ese aislado y último Tristán e Isolda de octubre de 2011. La mayoría de esas funciones tuvieron en el foso a la Sinfónica de Bilbao, lo que fue forjando en ella una identidad wagneriana que se veía fortalecida por las titularidades de Juanjo Mena y Günter Neuhold, ambos grandes defensores de la música del alemán. Andrew Gourlay, pese a dejar ver en la obertura de Tannhäuser un remanente de ese vínculo entre orquesta y compositor, no pudo ocultar que con el paso del tiempo se está cediendo un poco en empaque wagneriano, lo que se traduce en tímidas pérdidas de equilibrio y de color.

Y aun así hubo una notable diferencia entre esa obertura y el Concierto para piano nº 1 de Liszt, afectado de un sonido gris y bastante grueso que no llegó a hacer justicia al verdadero espacio que ocupa la orquesta como elemento constitutivo del pensamiento lisztiano. Stanislav Khristenko desplegó en él un arsenal técnico de primerísima calidad que debió de seducir por completo a los jurados del Concurso de Cleveland y del Maria Canals, en los que se alzó con el primer premio en 2013, pero el virtuosismo de Liszt puede demandar una personalidad musical más poderosa que permita ir más allá de la espectacularidad de todas esas tremendas dificultades pianísticas.

Lo mejor de la noche vino tras el descanso con Scheherezade, una obra que supone un desafío para cualquier director por la profusión de colores que en ella supo plasmar Rimsky-Korsakov merced a su extraordinario talento para la orquestación. Gourlay paladeó cada una de sus ricas melodías (formidable Carolina Kurkowski al violín) en un atractivo entorno de sonoridades densas y robustas, nunca sobredimensionadas. Es sabido que la prioridad de Rimsky no era contar una historia, sino ambientarla, pero Gourlay se sumó a toda una tradición que aspira a encontrar en Scheherezade un cierto itinerario narrativo. Por eso hubo en sus manos pulso teatral, amén de la sensualidad propia de ese orientalismo tan de moda en el mundo occidental a finales del siglo XIX y del que Scheherezade participa con plena conciencia.