El compositor Philip Glass Foto: @Reymond Meier (http://www.raymondmeier.com)

El compositor Philip Glass
Foto: @Reymond Meier (http://www.raymondmeier.com)

 

DEIA: Recorridos

Asier Vallejo Ugarte

Palacio Euskalduna. 9-V-2014. Temporada de la BOS. Javier Eguillor y Julien Bourgeois, timbales. Sinfónica de Bilbao. Director: Günter Neuhold. Obras de Beethoven, Glass y Strauss.

La Octava (1812) de Beethoven es una sinfonía sorprendente: pese a estar escrita en una época extremadamente complicada para el compositor (agudización de la sordera, problemas financieros y familiares) es una obra feliz, animada, afirmativa, con juegos irónicos, silencios súbitos y deliberadas soluciones a la antigua. En ella vuelve a los tiempos de Haydn y del joven Mozart, como si necesitase dar un par de pasos atrás para coger carrerilla y preparar el salto para la Novena. Neuhold metió la quinta y la llevó en volandas, rápida como un rayo, pues es una música que se lleva bien con la velocidad. Pero las sinfonías de Beethoven se escuchan en todas partes y a todas horas, de forma que hace falta un plus de personalidad para que suenen diferentes, y puede ser que a esta Octava (una más entre tantas) le faltase un punto de pegada.

El exuberante Concierto Fantasía para dos timbaleros y orquesta (2000) de Philip Glass rompió radicalmente con la sensación de estar ante lo mismo de siempre. Glass tiene por méritos propios un sitio en la historia de la música reciente y es de justicia que de vez en cuando nuestras orquestas pongan en valor su importancia. Ha pasado mucho tiempo desde su ópera Einstein on the Beach (1975), una de las puntas de lanza de un estilo desarrollado en plena oleada minimalista, pero la esencia de su música no se ha distanciado tanto de sus orígenes: procesos graduales, armonías de aire tradicional, estructuras rítmicas y melódicas perfectamente interrelacionadas. Se lució la BOS y se lucieron aún más los dos timbaleros, Javier Eguillor y Julien Bourgeois, que mostraron a luz plena la influencia que las culturas tribales dejaron en el compositor.

Rematar un concierto con un poema sinfónico de Strauss suele ser apostar sobre seguro, aunque hay que tener mimbres para hacerlo con garantías. Con Juanjo Mena la Sinfónica dejó varios Strauss para el recuerdo (incluidas las óperas Salomé y Elektra en el foso del Euskalduna) y todavía hoy sigue siendo su repertorio natural, pues con Neuhold la orquesta no ha perdido identidad centroeuropea. En el Don Juan (1888) hay grandes líneas de fuerza, melodías aéreas alternadas con instantes de gran amplitud sinfónica, colores desatados con auténtica pasión. La orquesta, depurada y con las texturas bien claras, se vino arriba.